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Un bicentenario marcado por el más antiguo conflicto
Written by Gonzalo Martner   
03-09-2010 a las 13:09:40

En las últimas semanas el “conflicto mapuche” ha agregado un nuevo episodio con la huelga de hambre de miembros de ese pueblo procesados o condenados bajo la ley anti-terrorista. Este no puede entenderse desde una perspectiva de orden público y no puede hacer abstracción de su origen histórico. Los españoles llegaron en el siglo XVI a un territorio habitado por varios centenares de miles de personas de etnias diversas y con predominio de lo que se conocería más tarde como pueblo mapuche. Cuando partieron solo quedaban unos noventa mil, según el censo de Ambrosio O'Higgins. El pueblo mapuche llegó a habitar entre el río Choapa en el norte y la isla de Chiloé en el sur y evolucionó incluso hacia las pampas argentinas, sin perjuicio de la presencia aymara y de los atacameños en las pampas del norte, de los changos en la costa norte, de los chonos de Chiloé al sur, y de cuatro pueblos que habitaban el extremo austral del país, los sélknam, los aónikenk, los yámana y los kawéskar, Los mapuche del norte detuvieron primero la expansión del imperio Inca. Luego resistieron la conquista española, lo que se conoce a través del poema épico "La Araucana", en el que Alonso de Ercilla describe la magnitud del conflicto y la eficacia militar indígena. Se produce entonces lo que en ninguna otra parte de América Latina: la derrota y muerte en combate del conquistador y gobernador español, Pedro de Valdivia, en 1553, y una prolongada resistencia bélica de los mapuches. Esto no impidió la derrota de los ejércitos de Lautaro en 1557 y luego de sus sucesores dada la superioridad de la tecnología militar española (en especial el arcabuz y la pólvora) y el impacto de las nuevas enfermedades. En los primeros cincuenta años de contacto con los españoles se habría producido la muerte de dos tercios de la población originaria de Chile y la destrucción de la sociedad ribereña organizada en aldeas en los ríos del sur. No obstante, el conflicto se estabilizó en un "modus vivendi" con el pueblo mapuche, cuyos diversos jefes de familias extendidas al sur del río Bío-Bío pactaron con la Corona una relativa autonomía a través de “parlamentos”, el más conocido de los cuales fue el de Quilín celebrado en 1641. Junto a intercambios basados en trueques con la economía colonial, el territorio mapuche en el centro-sur del país se mantuvo bajo el dominio de este pueblo sin estructuras políticas estables, con una economía basada originalmente en la pesca, recolección y algunas siembras y más tarde en la explotación ganadera de su territorio, pero que nunca llegó a estar organizado en un Estado-nación ni adoptó los sistemas agrícolas andinos basados en el riego que suponían algún grado de centralización.

En el ideario de los próceres de la independencia de Chile existió una visión romántica sobre el mundo indígena. Los libertadores latinoamericanos, muchos de los cuales se agruparon en la “Logia Lautaro” creada por Francisco de Miranda, entendían que este mundo fue objeto de un desplazamiento y despojo y admiraban su capacidad de resistencia. Bernardo O'Higgins estableció al proclamarse la independencia en 1819 la libertad de los indígenas y su igualdad con el resto de la población chilena. Los mapuche no se sumaron sino parcialmente a los criollos y siguieron viviendo en sus territorios al sur del Bío-Bío con acomodos en sus sistemas de producción e intercambio de frontera. Por su parte, el extremo sur, aunque pretendido por los españoles, no había sido verdaderamente ocupado por la Corona y se mantuvo en la práctica como territorio indígena hasta avanzado el siglo diecinueve. Si bien el Chile republicano estableció en 1843 una guarnición en el estrecho de Magallanes, fue a través de alianzas con la población indígena que la influencia chilena en la Patagonia creció de lado y lado de la cordillera, en especial mediante el comercio de ganado. Hasta la década de 1870 Chile reclamaba para sí toda la Patagonia al sur del río Negro. La guerra de Chile con Perú y Bolivia de 1879-84 cambió la situación. En el lado argentino se gatilló la llamada Conquista del Desierto por el general Roca: las fuerzas argentinas ocuparon los territorios indígenas hasta el río Negro, en una campaña iniciada días después de la declaración de guerra de Chile a Bolivia.

A esta presión por el lado argentino se agregó por el lado chileno que el gobierno en 1866 había declarado como fiscales las tierras indígenas y dado inicio a distribuciones a colonos y criollos en medio de la conformación de una economía cerealera orientada a la exportación complementaria de la actividad minera del norte. La ocupación militar de la Araucanía, en una trágica, codiciosa y miope decisión, comenzó en 1881. El ejército chileno, una vez conquistados los territorios a Bolivia y Perú, fue orientado al desplazamiento violento de los mapuches de sus tierras ancestrales. Se puso en marcha el proceso de radicación en reducciones a través del otorgamiento de "títulos de merced" en unas 510 mil hectáreas (el 6 por ciento de su territorio). El resto de las tierras, las más ricas, fueron entregadas a colonos nacionales y extranjeros, a título gratuito en el caso de estos últimos. Dadas las concepciones eurocéntricas de la élite de la época, se entendía que había que traer a Chile alemanes, y también franceses e italianos, que podían colonizar la selva templada del sur y transformarla en un territorio agrícola. Se estima que la mitad de los mapuche fueron desplazados hacia zonas de la costa y la montaña. Dejó así de existir el territorio indígena con una cierta autonomía de hecho. En el extremo sur, cuya población originaria alcanzaba a fines del siglo XIX unas diez mil personas, se produjo un exterminio en el siglo XX: los sélknam y aónikenk terminaron por desaparecer, en tanto los yámana y kawéskar apenas sobrevivieron.

Dos conflictos permanecen fruto de este proceso de “conquista interior”. El primero es que una parte de la población indígena no recibió títulos, y sin embargo siguió residiendo en los mismos lugares. Durante más de un siglo hubo un choque permanente con quienes iban recibiendo títulos legales de parte del gobierno de manera legal o fraudulenta. También se instaló un conflicto con el Estado chileno respecto de las propias tierras entregadas a los indígenas. Las comunidades mapuches recurrieron con frecuencia ante los tribunales con documentos de mercedes de tierra otorgados por el Estado de Chile, en contraste con lo progresivamente establecido en sentido contrario por los registros de propiedad de bienes raíces de manera poco ortodoxa en beneficio de terratenientes no indígenas. Se cambió el carácter de un tercio de esas mercedes de tierra, aumentando la expoliación de la población mapuche. Estas situaciones han sido y son la fuente de un conflicto que no proviene ya de la conquista del territorio mapuche de origen colonial, sino que tiene origen en la conducta del Estado chileno al servicio de las nuevas oligarquías dominantes.

Este proceso se entronca en el siglo XX con dos grandes corrientes en el mundo indígena. La primera busca la integración a la institucionalidad tradicional y conservadora del país en distintos ámbitos junto a una defensa de sus derechos adquiridos. Otra parte se vincula con movimientos que se identifican con el ideario socialista y laico que proviene de Europa y forma parte de organizaciones sindicales y partidos políticos de izquierda. Este proceso no estuvo exento de una cierta incomprensión mutua, que favoreció una inclinación electoral hacia la derecha. En los años sesenta se inició el proceso de la reforma agraria destinado a redistribuir tierras del gran latifundio tradicional en beneficio de los trabajadores de la tierra. El tema indígena se subsumió en el tema campesino. El proceso se aceleró desde 1967, y muy en especial en el período de Salvador Allende, que culmina una rápida reforma agraria. Se produce además un fenómeno de tomas ilegales de tierras, incluyendo grupos indígenas que reclamaban sus derechos. Este proceso termina trágicamente cuando el presidente Allende es derrocado por una dictadura militar que desata una contra-reforma agraria drástica y una represión violenta en las zonas donde se habían producido las mayores movilizaciones autónomas de campesinos y de indígenas, con el resultado de muertes, fusilamientos, exilios y la desarticulación de las organizaciones de campesinos e indígenas. En el año 1979 se estableció la desaparición del trato diferenciado de la propiedad territorial indígena para subdividir las comunidades y entregar títulos de propiedad individual, que, sin embargo, solo podían ser objeto de venta 20 años después de entrados en vigencia los Decretos Leyes 2568 y 2750. Se produce en una década la disolución legal de la casi totalidad de las comunidades.

La vuelta a la democracia incluyó la búsqueda de un nuevo trato con los pueblos indígenas. La nueva coalición elaboró, antes de asumir el gobierno, una propuesta que asumía como válidos muchos de los planteamientos formulados por las organizaciones indígenas en octubre de 1989 en Nueva Imperial, en el Encuentro Nacional Indígena con el candidato presidencial Patricio Aylwin. En él se suscribió un Acta mediante la cual los representantes de los pueblos originarios se comprometían a apoyar los esfuerzos del futuro gobierno en favor de la democratización del país y a canalizar sus demandas a través de los mecanismos institucionales. La coalición de gobierno, a su vez, se comprometía a obtener el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas, crear una Corporación Nacional de Desarrollo Indígena con la participación activa de estos pueblos, y crear una Comisión Especial con participación de los distintos pueblos para estudiar una nueva legislación sobre la materia. El balance más de 20 años después es que en tanto las organizaciones del mundo mapuche presentes cumplieron su palabra, el Estado chileno no la cumplió sino de manera incompleta, especialmente por la negativa de la oposición en el parlamento a otorgar el reconocimiento constitucional a los pueblos indígenas. No obstante, se consolidó la propiedad indígena de la tierra y se creó la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena que contempla dos mecanismos: un consejo elegido por las comunidades y un director nombrado por la Presidencia de la República, que a su vez administra un fondo nacional de tierras y aguas. Se generaron así las condiciones para satisfacer al menos parcialmente las demandas ancestrales de reconocimiento de derechos sobre parte de las tierras indígenas.

Se configuró entre tanto una nueva generación de dirigentes, una parte de la cual asumió posturas radicales, identificada con la idea de la vuelta a la comunidad perdida y la creación de una Nación Mapuche. Un grupo asumió incluso la lógica de la "acción directa" con tomas de fundos, quemas de casas y de propiedades forestales, con la consecuencia de acusados que están en prisión bajo proceso o condena. En este tema hay dos visiones. Una plantea que no se ha actuado con suficiente energía para mantener el orden público y se ha permitido un retroceso del Estado de Derecho y que por tanto se debe acentuar la represión. Otra visión subraya que se trata de una situación de conflicto frente a derechos no reconocidos, que existen personas que sienten que sus derechos están siendo violados y que están siendo acusados de hechos no constitutivos de delitos terroristas, sin cuya invocación estarían en libertad. La prudencia indica que, junto con hacer prevalecer el respeto a la ley democrática en condiciones no discriminatorias, y por tanto sin recurrir a las leyes antiterroristas de origen dictatorial de dudosa legitimidad, es necesario al menos que la democracia chilena ofrezca al mundo indígena lo comprometido o esbozado desde 1989: un reconocimiento constitucional aún pendiente, participación de representantes en el parlamento, la conformación de nuevas comunas con predominio indígena y de instituciones representativas propias, junto a programas masivos de desarrollo de los territorios indígenas y de la educación y salud interculturales.

Homenaje a Salvador Allende en la Cámara
Written by Pepe Auth Stewart   
03-09-2010 a las 12:49:30

Permítanme, colegas, hablar de Salvador Allende como lo que es verdaderamente para mí: algunos imborrables recuerdos de infancia, otras observaciones históricas y un par de lecciones políticas grabadas a fuego.

Tenía 7 años en la primavera de 1964. Era su tercera candidatura presidencial, la primera testimonial contra la marea populista de Ibáñez y la segunda estrechamente superado por Alessandri. Montado en los hombros de mi padre, pude ver a Salvador Allende, sus gestos marcando un discurso que apenas entendí pero recuerdo nítido el entusiasmo y la pasión con que lo seguía la multitud en la Alameda.

Éramos miles la noche del 4 de septiembre de 1970, yo tenía 13 años pero el recuerdo permanece intacto: Allende llamaba a la calma, reafirmaba los compromisos del programa de la Unidad Popular y alertaba contra los formidables enemigos que se movilizarían contra su gobierno.

En octubre de 1972 el paro de los camioneros estaba en su apogeo. A mis quince años reclamaba frente a La Moneda junto a miles de partidarios de la UP, el cierre de El Mercurio y la disolución del Parlamento para que en su lugar se instalaran los órganos del poder popular. Escuché a Allende decirle con coraje a la multitud insatisfecha que él quería el socialismo con derechos democráticos y que no estaba disponible para terminar con la democracia representativa.

Desde la azotea del Internado Barros Arana, junto a un puñado de estudiantes y profesores, escuchamos sus últimas palabras. Todos lloramos con su estremecedora despedida y su esperanza de que “se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Luego vino el ruido ensordecedor de los aviones, los destellos del bombardeo y una humareda interminable.

ALGUNAS OBSERVACIONES HISTÓRICAS

Cuando en Chile y toda América Latina campeaban las influencias del Che Guevara y de la Revolución Cubana, a duras penas Salvador Allende era elegido candidato presidencial por el Partido Socialista y luego por toda la izquierda reunida en la Unidad Popular.

La convicción de Allende de impulsar el socialismo junto a la extensión de derechos democráticos para todos, no era una convicción ampliamente compartida en su partido ni en su coalición política. Era evidente la convivencia contradictoria de una estrategia que preparaba la ruptura revolucionaria acumulando poder popular y otra que apostaba a la construcción de grandes mayorías político-electorales transfiriendo al pueblo derechos económicos, sociales y políticos que contribuyeran a romper sus cadenas de dominación.

El Presidente Allende prefirió morir junto a su proyecto político, contribuyendo así a preservar la experiencia del socialismo con vino tinto y empanadas como un sueño popular interrumpido. Si hubiera partido al exilio, como lo quisieron los golpistas, se habrían destacado nuestras responsabilidades en el fracaso de 1973 por sobre la evidente acción golpista de la CIA, la movilización desesperada de la derecha económica y la traición de los generales.

LECCIONES SIMPLES PERO INOLVIDABLES

La principal lección política de la UP es que tanto más radical es el proyecto de cambio, tanto más amplia debe ser la mayoría que lo sustenta. Como dirigente estudiantil en dictadura, no entendía por qué, a pesar de la increíble similitud programática de Allende y Tomic, no se pudo constituir “la unidad social y política del pueblo”, que estaba mayoritariamente por cambios sociales de verdad.

Así habría ocurrido, seguramente, si la Constitución hubiera previsto Segunda Vuelta para dirimir en caso de que nadie obtuviera mayoría absoluta de votos. Ni Alessandri ni Allende habrían sido presidentes con las alianzas de minoría que los sustentaban, habrían tenido que buscar alianzas más amplias para gobernar.

De la experiencia de la UP y de la Dictadura que significó la pérdida de derechos elementales, todo el país aprendió que las luchas por la igualdad son absolutamente inseparables de las luchas por la libertad y la democracia

COROLARIO

Salvador Allende está inscrito a fuego en la biografía de varias generaciones de chilenos. Naturalmente, de todas aquellas que esperaron décadas para adquirir sus derechos sociales y ciudadanos, de las que vivieron la experiencia de la movilización popular en los años ’70, de los que nos inspiramos en las ideas y la conducta de Allende para luchar contra la dictadura, y también de las nuevas generaciones, que encuentran en Allende una fuerza cada vez más escasa en la política contemporánea, aquella que reposa en una ética y una convicción sin concesiones.

Pido me excusen si termino hiriendo la susceptibilidad de alguno de mis colegas. Pero si alguien tuvo dudas respecto del lugar que ocuparían Salvador Allende y Augusto Pinochet en la historia, éstas se disiparon por completo. Mientras infinidad de calles y plazas en todos los rincones del planeta recuerdan al Presidente mártir, figura emblemática de un sueño ampliamente compartido, nada lleva el nombre del general victimario ni en Chile ni en el mundo, que será recordado por sus atroces violaciones a los derechos humanos, su empecinamiento en destruir la democracia y su ilícito enriquecimiento.

El legado de Allende: construir Izquierda
Written by Punto Final   
02-09-2010 a las 14:41:04

(Editorial PF Nª 717, desde viernes 3 al 16 de septiembre de 2010)

Hace cuarenta años, el 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende ganó las elecciones presidenciales, aunque debió esperar ser ratificado por el Congreso Pleno. El triunfo de Allende se constituyó en un hito histórico y en una lección política, que no deben olvidarse. La incansable lucha por forjar una identidad de Izquierda orientada hacia el socialismo, por fin había dado frutos.

Nunca una elección presidencial en Chile alcanzó tanto dramatismo. Los ciudadanos estaban conscientes que el país se jugaba cuestiones trascendentales que determinarían su futuro. El enfrentamiento básico era entre la Izquierda y la derecha, representadas por el senador Salvador Allende Gossens y por el ex presidente y empresario Jorge Alessandri Rodríguez. Había un tercer candidato, Radomiro Tomic Romero, de la Democracia Cristiana, con un programa que planteaba el “socialismo comunitario”, lo cual lo acercaba a las posiciones de Izquierda.

La acorralada derecha buscaba fórmulas desesperadas para defender sus intereses. No descartaba nada. A fines de 1969, un alzamiento en el regimiento Tacna, encabezado por el general Roberto Viaux, tuvo al gobierno de Frei Montalva al borde del precipicio. Grupos ultraderechistas levantaban cabeza. En el plano político, la derecha postulaba la “Nueva República”, que esbozaba elementos neoliberales y un firme autoritarismo para cerrar el paso a la Izquierda. Por su parte, la Unidad Popular, alianza amplia en torno a socialistas y comunistas, integraba al Partido Radical y a sectores cristianos desgajados de la DC que formaron el partido Mapu, y a laicos y progresistas que se definían de Izquierda. La candidatura de Salvador Allende emergía con posibilidades de triunfo.

La Izquierda venía ganando terreno y un sólido movimiento sindical, organizado en torno a la Central Unica de Trabajadores, se extendía al campo a través de sindicatos agrícolas movilizados y de gran convocatoria. El movimiento estudiantil, mayoritariamente de Izquierda, era potente y de alcance nacional. El movimiento de los sin casa campeaba en las principales ciudades. Existía así una amplia base social para el movimiento político que planteaba un programa centrado en la nacionalización de las riquezas básicas, en la profundización de la reforma agraria y en la constitución de un área social de la economía, conformada por la banca, los principales monopolios y empresas estratégicas. Se proponía asimismo una nueva Constitución y una institucionalidad acorde con las transformaciones que se impulsarían, una ampliación de la democracia y la real vigencia de los derechos y libertades individuales y colectivos. Era, en síntesis, lo que se conoció como la “vía pacífica al socialismo”, un proyecto inédito en la historia de la Humanidad.

Internacionalmente eran los tiempos de la guerra fría; la Unión Soviética y el socialismo aparecían compitiendo exitosamente con el imperialismo. En América Latina -a partir de 1959 con la Revolución Cubana- había avances populares que Estados Unidos miraba con preocupación. No quería “una nueva Cuba” en su patio trasero. Con ese pretexto había invadido República Dominicana para derrocar al gobierno democrático de Juan Bosch y en 1964, respaldó el golpe militar en Brasil que derrocó al presidente Joao Goulart. Sin embargo, no cesaba el avance de los pueblos. En Bolivia, luego de la muerte del comandante Ernesto Che Guevara en una operación dirigida por norteamericanos, se producían avances democráticos con el gobierno del general Juan José Torres (1970-71), mientras en Argentina el peronismo impulsaba el retorno de su líder, y en Perú el general Juan Velasco Alvarado se empeñaba en reformas antiimperialistas e integradoras de la población indígena. En Uruguay la situación, asimismo, era inquietante para la oligarquía.

Para Estados Unidos, Chile era una pieza clave en su ajedrez de dominación regional. Ya en las elecciones de 1964 había apoyado sin tapujos la candidatura de Eduardo Frei Montalva y su “revolución en libertad”. Enormes flujos de dólares financiaron una impresionante campaña del terror contra Salvador Allende y la Izquierda. El presidente Ke-nnedy -que impulsaba la Alianza para el Progreso- imaginaba que la Democracia Cristiana en Chile podía levantarse como alternativa a la Revolución Cubana.

La trayectoria de Salvador Allende como parlamentario y líder popular era impecable. Había sido ministro de Salud del gobierno del Frente Popular (1938-41) y como senador un invariable demócrata, antiimperialista y partidario del entendimiento socialista-comunista, de la unidad de la clase obrera y de los más amplios sectores sociales explotados por el capitalismo. Valiente defensor de la Revolución Cubana, memorables habían sido sus luchas contra la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, paradigma del anticomunismo, y su constante denuncia de los manejos del imperialismo y del despojo que cometían las empresas norteamericanas Anaconda y Kennecott con el cobre chileno. Allende era un líder respetado y querido por el pueblo, que sabía que no sería traicionado por él. En muchos aspectos era un educador y un organizador notable, de ejemplar perseverancia en la lucha por la unidad de la Izquierda.

En el país, la sociedad se convulsionaba. Surgían los “cristianos por el socialismo”, los estudiantes de la Universidad Católica se tomaban la casa central para imponer profundas reformas y denunciaban las mentiras de El Mercurio; se produjo la toma de la Catedral de Santiago por sacerdotes, religiosas y laicos que pedían mayor compromiso de la Iglesia con el pueblo.

El país esperaba grandes cambios en el marco de un nuevo período histórico cuajado de promesas de justicia e igualdad.

La campaña electoral fue muy dura. La derecha se lanzó a fondo, reeditando -corregida y aumentada- la campaña del terror de 1964. Intensificó su presión hacia las fuerzas armadas, en las cuales buena parte de la oficialidad había pasado por las escuelas de formación antisubversiva del Pentágono. El financiamiento de la CIA volvió a afluir a través de la ITT, que controlaba el monopolio telefónico. Con todo, las elecciones fueron tranquilas y, sobre todo, estrechas. Allende obtuvo algo más de un millón de votos, ganando por 40 mil preferencias a Alessandri, y obteniendo 36,3% del total de sufragios. Tomic obtuvo 27,84%, con más de ochocientos mil sufragios. Como buena parte de su votación era antiderechista, estaba claro que la Izquierda contaba con un apoyo muy superior a la derecha.

Los resultados se conocieron en la tarde del 4 de septiembre y de inmediato Tomic reconoció el triunfo de Allende. Esa misma noche, luego de momentos de tensión -cuando tanques del ejército fueron desplegados en la Alameda- hubo una enorme manifestación frente a la Federación de Estudiantes de Chile. Decenas de miles de personas llegaron desde las poblaciones periféricas para celebrar el triunfo. Parecía que nunca el pueblo se había sentido tan alegre y esperanzado. El discurso de Allende fue emotivo y profundo. Recordó las luchas populares, los esfuerzos cotidianos del pueblo para subsistir y luchar, y asumió su triunfo como una continuidad con el Frente Popular, y antes, con el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda -empujado a la muerte por la oligarquía- y con la lucha incansable de Luis Emilio Recabarren, organizador de la clase obrera chilena.

Los sesenta días siguientes, hasta el momento en que el nuevo presidente debía asumir el mando, fueron conmocionantes. La derecha entró en pánico. Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, voló a Estados Unidos para pedir al gobierno norteamericano que interviniera en Chile a fin de impedir que Allende llegara a La Moneda. En Washington encontró oídos receptivos en el presidente Richard Nixon y su gobierno. Se inició así una ola de actos terroristas por parte de grupos de ultraderecha (ver páginas 4 y 5 de esta edición), que recibían aliento, dinero e instrucción terrorista desde el exterior.

El 3 de noviembre de 1970, sin embargo, derrotando las maniobras y actos criminales como el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del ejército, Salvador Allende asumió el mando. Comenzó así el gobierno más progresista, liberador y popular de la historia de Chile. En medio de la férrea oposición y conspiración de la derecha junto con el gobierno de Estados Unidos, Allende consiguió logros notables como la nacionalización del cobre, la profundización de la reforma agraria, las políticas de salud, educación y vivienda, y avances gigantescos en el plano cultural. Se desataron las fuerzas creadoras del pueblo al influjo de un programa socialista y democrático. Los pobres de la ciudad y del campo alcanzaron el protagonismo y participación que durante decenios se les había negado. En el ámbito internacional, Chile logró un reconocimiento mundial que valorizó el intento de avanzar al socialismo en libertad. Pero este noble propósito se vio frustrado por la conspiración interna y externa, sin negar los errores de la propia Unidad Popular, que culminaron con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. El presidente Salvador Allende, fiel a su juramento, prefirió morir en La Moneda a traicionar la confianza del pueblo.

Hoy -como en los años que precedieron al triunfo de Allende- sigue vigente alcanzar el requisito que gestó la victoria de 1970. Aludimos a la unidad del conjunto de la Izquierda, hoy atomizada. Es el paso indispensable para construir su propia identidad ideológica y programática y, desde allí, avanzar a acuerdos políticos y sociales más amplios.

En América Latina hoy se abren paso tendencias revolucionarias que con sus diferentes particularidades están haciendo el camino que se intentó en Chile. De alguna manera los procesos de Venezuela, Bolivia y Ecuador reivindican la vía pacífica al socialismo, que proclamara con resuelta convicción democrática el presidente mártir Salvador Allende. Se reinician tiempos de revolución que en las condiciones contemporáneas hacen volver la mirada a la senda que abriera con su sacrificio el presidente Allende.

PF

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