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Querida familia del Presidente Allende,
Querida familia de los colaboradores del Presidente Allende
Queridos amigos y amigas,
Sin duda que para usted habrá sido evidente que acabamos de vivir un momento de intensa emoción junto a Isabel a Carmen Paz y a Amaya.
Hemos recorrido juntas la sala donde transcurrieran los últimos momentos de la vida de Salvador Allende, y la creación –a su lado– de un espacio destinado a honrar su memoria.
Estoy cierta que este espacio se transformará en un lugar de encuentro y de reflexión para los chilenos. En el futuro serán miles los escolares que seguramente visitarán ese lugar y aprenderán aquí la lección histórica que nos dejó Allende y aquel puñado de hombres y mujeres leales y valientes que allí decidió resistir el embate artero de quienes no creían en la libertad.
Esa lucha desigual se quedará para siempre en la memoria de nuestra gente, y ya es parte de nuestra historia y esencia como nación.
Porque los países son, en gran medida, lo que los ciudadanos libremente deciden recordar.
La restauración de este espacio, de ahora en adelante el Salón Blanco Presidente Allende, constituye la culminación de un largo y difícil esfuerzo de recuperación de memoria histórica.
Digo que ha sido largo y difícil, porque tras la devastación de La Moneda, se procuró borrar todo vestigio de la presencia en ella del Presidente Allende y de la épica resistencia que opusiera en defensa de sus convicciones, de la legalidad republicana y de la dignidad de la nación.
Y hubo que recuperar la democracia y luego esperar a que ésta se asentara, para poder comenzar a restablecer esa memoria que se había pretendido cerrar literalmente a cal y canto. Porque aquí vimos cómo se intentó borrar la memoria y la historia, cuando decidieron eliminar físicamente este espacio construyendo nuevos muros y pasillos que trastocaron el plano original del antiguo gabinete presidencial.
Es por eso que este acto tiene tanta trascendencia histórica y patrimonial.
Porque estamos honrando al hombre y al Presidente que, enfrentado a la tragedia, supo con sus palabras y sus actos, dejarnos un legado de dignidad, de consecuencia y, a pesar del difícil momento, de esperanza.
Esa esperanza, cimentada en el ejemplo de su sacrificio, nos dio la fuerza para resistir y restablecer las redes de solidaridad y de lucha que hicieron posible –al paso de los años y tras grandes esfuerzos– la expresión de la voluntad mayoritaria de la ciudadanía por la democracia.
Esperanza que hizo posible el reencuentro de los demócratas, como dijera alguna vez Patricio Aylwin.
Pero hay más. Con la recuperación de la democracia, Chile se reencuentra con su historia de progreso social, republicano y ciudadano, que en la actualidad seguimos impulsando hacia delante.
Esa democracia que nos permite hoy recuperar el espacio en el cual el sacrificio del Presidente Allende, en palabras de un historiador, confiriera a La Moneda y a Santiago de Chile y cito “aquella pátina que distingue y honra a las grandes ciudades históricas de todos los tiempos”.
Recuperamos ese espacio cuando conmemoramos 35 años de la tragedia que hizo de este palacio en llamas un emblema universal.
Y lo hacemos cuando conmemoramos el centenario del nacimiento de un hombre que fue consecuente hasta su último aliento, con esas palabras que hoy siguen conmoviendo a hombres y mujeres a lo largo del país y a lo ancho del mundo:
Colocado en un trance histórico pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.
Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza.
Ciertamente, la fuerza logró avasallar físicamente la sala donde murió el Presidente Allende. Pero la memoria permaneció allí. Y eso es lo que hoy recuperamos para todos los chilenos. Porque la historia la hacen los pueblos.
Extender los derechos y las responsabilidades inherentes a la condición de ciudadano a todos los hombres y mujeres, sin discriminaciones ni exclusiones de ninguna clase, estuvo en el centro de la acción política de Salvador Allende.
Y su camino fue el progresivo reconocimiento de esos derechos por las instituciones democráticas y la acción ciudadana para demandarlos y ejercerlos.
Y ese es el sentido más profundo y el legado más permanente de su vía chilena al socialismo: el protagonismo ciudadano como fundamento del progreso social, en el marco de un orden institucional que garantice los derechos de todos.
Ese proyecto finalmente fue truncado. Y con él se suprimió por la violencia y el terror, las formas de vida política y social democráticas construidas a lo largo de décadas, para configurar sobre el miedo y la fragmentación, un orden autoritario e injusto.
Decía que la recuperación de la democracia nos ha permitido durante las últimas dos décadas retomar la senda del progreso social, republicano y ciudadano.
Ello significa –en nuestra época– que los ideales de igualdad y universalidad de los seres humanos que fundan la democracia, se traduzcan en políticas que efectivamente reduzcan las desigualdades de poder, de riquezas y de oportunidades.
Sólo de esa manera, en el marco de un Estado social y democrático de derecho, la ciudadanía se irá extendiendo efectivamente por encima de barreras sociales, étnicas y de género, obteniendo todos –sin excepciones– los derechos y deberes que esa condición involucra: ya no son sólo derechos civiles y políticos, sino también derechos económicos y sociales, derechos culturales y medioambientales.
Y en esa marcha sigue siendo un poderoso motivo de inspiración el legado de Salvador Allende, que nos anima, día a día, a alcanzar una vida mejor por caminos de libertad y democracia.
Un legado que sentimos tan vivo en nosotros al abrir este espacio consagrado a honrar su memoria.
Un espacio que enriquece el patrimonio del Palacio de la Moneda y la memoria histórica de Chile.
Allende fue un hombre de su tiempo. Pero también fue y es un hombre que nos legó un mensaje de futuro, vigente hasta el día de hoy.
Muchas gracias.
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