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El escrito que sigue es el documento suscrito por un grupo
de socialistas -llamado por la prensa "grupo de los 15''-, entre los que se
encuentran Manuel Almeyda, Francisco Fernández, Gustavo Horwitz y otros, y que
acompañara a la reclamación presentada ante el Tribunal Supremo del PS,
referida a la mecánica para nominar a los candidatos de ese Partido en las
próximas elecciones parlamentarias.
Para nuestra revista, resulta pertinente la publicación de
dicho documento, básicamente por dos razones. En primer lugar, porque los
interesados en este tema se han informado mayoritariamente por los medios de
comunicación masivos, en donde el problema ha sido presentado con sesgamientos
y reduciéndolo a una cuestión normativa y formal. Y en segundo lugar, porque
las argumentaciones político- doctrinarias abordadas en el escrito, aparte de
su seriedad, se corresponden con debates trascendentes que por múltiples causas
están siendo soslayados por la dirigencia e intelectualidad progresista.
Con absoluta prescindencia del conflicto puntual que origina
el documento, lo relevante en la discusión allí planteada en torno a los
desafíos que les surgen a los partidos en cuanto a sus autoconcepciones y a la
reorganización de sus formas. El no dar cuenta de esas situaciones, está significando
que las tendencias dominantes sobre la materia sean polares: oscilan entre la
demagogia democratista y la elitización con sesgos incluso clasistas.
Por último, la publicación del documento se debe también a
un criterio general que rige al centro de Estudios Sociales AVANCE: prestar
atención a las posiciones críticas, que obedezcan a reflexiones rigurosas, toda
vez que una carencia político-cultural manifiesta en la sociedad chilena radica
en el ánimo, casi inconsciente e intuitivo, de negarle audiencia a los
pensamientos "no oficiales".
A los militantes socialistas
La unificación del Partido Socialista ha sido un proceso no
exento de dificultades. Con visión de futuro inició la tarea de construir una
gran fuerza democrática de izquierda que se convirtiera en agente decisivo de
la restauración de la democracia, de la conquista de la justicia social y de la
equidad económica, como asimismo, del respeto pleno a los derechos humanos y
del establecimiento de la verdad y la justicia en los crímenes y otros
atropellos a esos derechos cometidos por el terrorismo de Estado durante la
dictadura.
Concurrieron a este proceso unitario estructuras orgánicas y
grupos de militantes que se fueron reconstituyendo o conformando y consolidando
en Chile y en el extranjero, después del quiebre político-institucional de 1973
y de la crisis internacional del socialismo, años después. Aunque con historias
e idiosincrasias distintas, con igual legitimidad participaron también en la
construcción de esta fuerza política partidos y fracciones de partidos afines
que formaron parte o sustentaron el gobierno de Salvador Allende.
No escapó a la comprensión de quienes con mayor decisión
impulsaron este proceso que, la debilidad y dispersión política del partido
emergente al término de la dictadura no le permitiera jugar un rol gravitante
en el gobierno democrático. Por otra parte, tampoco les pasó inadvertido que
-después de tantos años de desintegración orgánica, dentro y fuera del país, y
de experimentar experiencias políticas e influencias ideológicas diversas y a
veces contradictorias- sería difícil lograr un nivel satisfactorio de cohesión
a muy corto plazo. Y tal vez más aún con las nuevas fuerzas concurrentes a la
unidad. Por ello, no puede extrañamos que durante los primeros años de la
unidad procurara atinadamente eludir las confrontación de opciones ideológicas
y políticas conflictivas, buscando en el consenso la vía para ir consolidando
la unidad y avanzando en la institucionalización del Partido unido. El tiempo,
al menos en parte, ha dado la razón a esta conducta, ya que es innegable que ha
disminuido el dramatismo de las diferencias políticas más relevantes y que
algunas se han resuelto o han perdido realismo coyuntural.
Las "tendencias" en el Partido
Sin embargo, esta conducta a nivel político direccional no
fue impedimento eficaz para que se siguieran manteniendo lazos históricos o
amicales más o menos estrechos entre los sectores políticos más afines y para
que se constituyeran en agrupamientos excluyentes, con vida y lealtades
propias. Desafortunadamente, esta situación, que fue progresivamente
acentuándose y comprometiendo a parte importante del Partido, no fue
des-alentada por los líderes de estos grupos. Estos vieron en esta forma de
vida y funcionamiento partidario la fuente generadora de respaldo eficaz para
lograr poder al interior del Partido y, consecuentemente, influencia en la
distribución de los cargos de gobierno y de las opciones edilicias y
parlamentarias. La competencia entre estos diversos agrupamientos
autodesignados equivocadamente "tendencias", desarrolló a través de los
distintos procesos electorales, especialmente en la base partidaria, cada vez
mayor sectarismo y prácticas viciosas, contrarias a la disciplina y la lealtad
al Partido. Esta fue sustituida paulatinamente por la lealtad a la tendencia.
No ha sido extraño a estas prácticas que las competencias internas tendenciales
fueran muchas ve-ces más confrontacionales que las sostenidas con los
adversarios políticos. La atenuación o desactivación de las diferencias
políticas sin que paralelamente se produjera un proceso similar en cuanto a la
convivencia y funcionamiento partidario tendencial fue convirtiendo a las
"tendencias" en meros agrupamientos de poder manejados por cúpulas. Estas
estructuras, al no presentar diferencias de fondo sustanciales, han permitido,
en desmedro de la democracia interna, afianzar la política de consensos para
administrar el Partido.
La dinámica tendencial y la toma de decisión por consenso, que
han sentado carta de ciudadanía y que se alimentan recíprocamente, han ido
desincentivando el debate, la capacidad de propuesta y la actividad política,
debilitando así, o inactivando, la orgánica institucional de base. No sólo en
la base partidaria se ha producido este eclipse de la razón de ser de cualquier
partido que no sea meramente de opinión; situación similar ha acontecido en el
Comité Central, el Consejo General y, en menor grado, en la propia Comisión
Política. Actualmente estos colectivos direccionales son convocados,
fundamentalmente, para informarse de la coyuntura política, para aprobar
propuestas previamente consensuadas o para ratificar lo ya obrado. Sin el
acopio suficiente de antecedentes oportunamente entregados y sin una discusión
profunda y esclarecedora, la participación de estas instancias en las
decisiones resulta más bien formal. Esta conducta y la ausencia política de las
bases caracterizan las nuevas formas del quehacer político en el seno del
Partido.
Todo parece indicar que se rehúye la confrontación de ideas
y la presentación de propuestas originales que pudieran desconcertar a las
huestes alineadas y desestabilizar los equilibrios de poder.
En el Partido estamos asistiendo a un agudo debilitamiento
orgánico, a la declinación del interés, de la participación y del nivel
político de la militancia y al relativismo ético-político, cuando no a
conductas que abiertamente desquician la convivencia entre compañeros. En este
clima se ha desarrollado el caudillismo y han tenido lugar repetidos atropellos
a la institucionalidad y a la democracia partidaria.
No es irrelevante destacar algunas de las transgresiones más
significativas ocurridas en los últimos años, porque es posible que para muchos
militantes hayan podido pasar inadvertidas y porque ilustran claramente hasta
qué extremos nos ha conducido el tendencialismo.
Para reemplazar en sus cargos al Presidente y al Secretario
General del Partido, que renunciaron para ingresar al primer gabinete del
Presidente Frei, estatutariamente, el Pleno del Comité Central debía elegir de
entre sus miembros a las nuevas autoridades. Constituido el Comité Central en
Pleno para adoptar la decisión, su desarrollo fue suspendido por más de tres
horas, por la Comisión Política, en espera de que las tendencias lograran una
propuesta consensuada. Esta se logró finalmente, fue asumida por la CP y pudo
reanudarse entonces el Pleno, sometiéndola a su consideración. No obstante
denunciarse en el evento la transgresión evidente a las normativas que
importaba, se aprobó -conforme al acuerdo tendencial- la designación de dos
compañeros que no eran miembros del Comité Central para los cargos vacantes por
renuncia y se modificó la estructura de la Mesa y la CP atropellando también la
institucionalidad.
El último Congreso fue convocado esencialmente para aprobar
un Proyecto de Partido. Allí se sometió a discusión el propuesto por la
Comisión Nacional de Proyecto Socialista designada por la Dirección (de 40
miembros y que trabajó durante dos años en sesiones semanales) y que fue
difundido ampliamente en la militancia para su análisis previo al evento.
Prácticamente en forma unánime fue reconocido en el Congreso el esfuerzo realizado
por la Comisión. De igual manera fue considerado en muchos aspectos ambiguo e
insuficiente, reconociéndose la necesidad de esclarecer y profundizar su
contenido. Sin embargo, como políticamente era impresentable, ante la opinión
pública y la militancia, que no se aprobara algún texto sobre la materia en esa
oportunidad, la Mesa de la Comisión de Proyecto del Congreso General
-tendencialmente cuoteada-, presentó otra propuesta. Esta,
que respondía a un acuerdo tendencial, no resolvió las limitaciones de la
primera, ni recogió el debate realizado en el Congreso -que fue clarificador y
avanzado-, sino que más bien eludió los temas controversiales.
En el entendido que el Partido continuaría estudiando la
materia, con el propósito de que en futuros eventos se superaran las insuficiencias
y nos acercáramos a un proyecto satisfactorio, el Congreso asumió la necesidad
política de aprobar el texto sometido a votación. No obstante, sospechosamente,
no definió qué tipo de comisión -permanente o provisoria-, con qué
participación y con qué plazos debía emitir propuestas, porque no fue
consultado explícitamente, como debía haberlo sido. Esto dio pábulo a que
posteriormente algunos miembros de la Dirección declararan públicamente, en
abierta discrepancia con lo acontecido en el Congreso, que la cuestión del
Proyecto Socialista estaba definitivamente resuelta. Ni la Mesa ni la CP han
tomado iniciativa alguna para satisfacer las demandas mayoritarias expresadas
en el Congreso, que sin duda representaban las inquietudes de la militancia
sobre estas materias.
Resulta confirmatorio de lo que afirmamos la encuesta que
"Avance" realizó entre los delegados al Congreso de mayo de 1996. Los
encuestados sitúan en materia de proyecto y programa la mayor debilidad del
Partido Socialista (42,6%), seguida de los problemas de la organización interna
(25,8%) y de la relación con los frentes sociales (19,4%) y con sólo un 2,5% de
no respuesta.
Democracia, participación y descentralización
Al último Consejo General del Partido debían asistir 312
militantes y sólo se acreditaron 162. Este evento aprobó un artículo
estatutario transitorio, presentado por los re-presentantes más conocidos de
las tendencias. En esta nueva disposición se establece: "Para el solo efecto de
la elección parlamentaria de 1997, los candidatos a senadores y diputados
deberán tener la adhesión firmada de a lo me-nos el 20% del padrón de
militantes de la circunscripción o distrito respectivo y la ratificación por
los dos tercios del Comité Central". El artículo fue aprobado por 55 votos
a favor y 37 en contra, en horas de la madrugada del 1° de diciembre.
Este artículo suspende el ejercicio de la democracia
directa, establecido democrática-mente en la Conferencia Nacional de Organización
y mantenido vigente después de dos Congresos del Partido, no habiendo sido ni
siquiera cuestionado. A la vez, lesiona grave-mente la política de
descentralización, importante contribución al perfeccionamiento de la
democracia interna, también establecida en el Estatuto vigente. El sistema de
designación aprobado, en cambio, abre ampliamente el espacio para negociaciones
intertendenciales en la constitución de la bancada parlamentaria.
Ya fuimos víctima, como Partido, de los acuerdos
tendenciales en la designación de candidatos, en la última elección
parlamentaria, en que la pugna entre las tendencias por lograr mejores opciones
terminó por perjudicar irresponsablemente al Partido.
En vez de cancelar la democracia, aunque sea
coyunturalmente, lo que podía esperarse era que se hubiese perfeccionado el
sistema dentro de la democracia, de tal manera que favoreciera al Partido y no
afianzara y legitimara el tendencialismo.
La base partidaria hace tiempo que empezó a tomar conciencia
de estas gravísimas prácticas direccionales. Hace tiempo que se expresan
opiniones condenatorias en los más diversos ámbitos y oportunidades. En la
encuesta de "Avance" a la que ya nos hemos referido, el 70,3% de los
encuestados estimó que las tendencias afectan mucho el funcio-namiento
institucional del Partido, un 21,3% que lo afecta poco y sólo un 6,5% que no lo
deteriora. Pero a pesar de esto, el Partido no reacciona y las direcciones
institucionales y de las tendencias no hacen nada por superar esta situación
que tiene a la militancia no sólo distanciada del Partido, sino muy cerca de
abandonarlo a un destino nada prometedor. Es así como un 53,5% de los
encuestados por "Avance" estima que el tendencialismo es factor potencial de
división del Partido.
Es hora de reaccionar, como ha sabido hacerlo el Partido, y
de rectificar rumbos y no de desmentir la realidad crítica por la que atraviesa
recurriendo a éxitos electorales supuestamente demostrativos de su fortaleza.
Es positivo que hayamos obtenido sobre el 11% del electorado nacional. Sin
embargo, no superamos al PPD y nuestra incidencia electoral es todavía
insuficiente. Debemos superar significativamente el promedio nacional
alcanzado. También debemos revertir algunas derrotas en el campo social, así como
el descontento y la desilusión no disimulados en gremios hasta ahora muy
afectos a nosotros y superar nuestra incapacidad de liderazgo político
sostenido en la sociedad.
Es hora de revitalizar la vida orgánica del Partido a través
del país mediante información política permanente y oportuna y otorgándole
responsabilidades a la militancia y no cercenándoselas.
Es hora de respetar la institucionalidad partidaria y de
desmantelar el tendencialismo en función de poder (fraccionalismo) y de dar
cabida a la discusión política abierta e institucional, siempre revitalizadora
del compromiso y de la responsabilidad política de la militancia.
Nuestro ánimo y decisión no es transformamos en una nueva
"tendencia", ni conquistar espacios de poder ni establecer microdisciplinas
entre los socialistas, sino trabajar por el desarrollo de la institucionalidad
y la democracia en el Partido. Nuestra aspiración última es el desarrollo del
Partido Socialista como un instrumento de transformación de la sociedad
capitalista, en el que se considere la opinión de los militantes, se reconozca
su capacidad de decisión y se estimule la participación de todos y cada uno de
los socialistas en la orgánica del Partido.
Coincidentes con estos puntos de vista es que hemos resuelto
dar una señal oportuna y vigorosa al Partido, para que se reclame e inicie un
proceso rectificador en la forma de hacer política y en el saneamiento de la
vida interna. Hemos recurrido, dentro de nuestra institucionalidad, al Tribunal
Supremo. Con el propósito que declare la nulidad del artículo transitorio,
porque contraviene abiertamente el fondo y la forma de nuestra
institucionalidad y porque establece un mecanismo de designación de candidatos
a parlamentarios antiestatutario e ilegal. No dudamos de que la resolución del
Tribunal no violentará la razón ni la legalidad que coloque al Partido en
difícil encrucijada.
Fuente: Avances de actualidad N° 25 marzo de 1997 |