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Portada arrow Blog arrow Después de todo arrow EL FIN DE LAS IDEOLOGÍAS MODERNAS

EL FIN DE LAS IDEOLOGÍAS MODERNAS PDF Imprimir Correo
Escrito por Altamirano/Dinamarca   
04-07-2010 a las 07:24:07

tercera parte

 

 

LA GRAN TRANSFORMACIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS, DE LA POLÍTICA Y DE LA MORAL OCCIDENTAL

15

EL FIN DE LAS IDEOLOGÍAS MODERNAS

 

 

CARLOS ALTAMIRANO: -La desideologización y la despolitización han sido y son antiguas y reiteradas banderas de las derechas del mun­do. Para las fuerzas conservadoras, todo pensamiento o acción desti­nados a producir un cambio en cualquier dominio humano son nega­tivos, conducen al desorden y alteran el orden natural o divino de las cosas. Por lo mismo, esas fuerzas en su momento rechazaron las con­cepciones de Copérnico y Galileo y la teoría de la evolución de Darwin, más tarde desconfiaron de las elaboraciones de Freud, ridiculizaron las pinturas de Picasso, se opusieron al sufragio universal, y a cual­quier tipo de legislación social y la liberación de la mujer les pareció el comienzo de la decadencia y degeneración de la cultura occidental.

Pero no sólo existen ideologías políticas, las hay en todo tipo de pensamiento, ya sea científico, artístico, social o económico. Todo hombre, antes de actuar, está guiado o impulsado por ideas. Los pen­sadores de derecha sólo consideran falsas las de izquierda, pero esti­man legítimas y ciertas las suyas, sean éstas tradicionalistas, conserva­doras, nacionalistas, nazi-fascistas o, como hoy las llaman, neoliberales o neoconservadores. Aún más, las creencias religiosas son también sistemas de ideas, más allá de su presunta revelación divina.

HERNÁN DINAMARCA: -Usted torna sumamente lato el concep­to de ideología. Es una legítima opción intelectual y hay que explicitarla: sería ideológico tanto un sistema de pensamiento reli­gioso como uno científico, también las doctrinas políticas e incluso el sentido común. Unifica lo que otros autores desglosan en distintas conceptualizaciones. De esa manera, decir ideologías es prácticamente decir visión de mundo. ¿Entonces no estaba en lo cierto, primero, Daniel Bell y luego otros que han anunciado el fin de las ideologías?

-En mi concepto, Daniel Bell, el sociólogo neoconservador norteamericano, cuando escribió en 1955 su célebre obra El fin de las ideo­logías, declarando agotadas las ideas políticas, incurrió en una opinión claramente ideologizada. No han muerto las ideologías en términos genéricos. En cambio sí me parecen agotadas las tres principales ideo­logías de la Modernidad: la liberal, la conservadora y la socialista. Desde una perspectiva lógica, si la Modernidad está tocando a su fin, junto con sus grandes creaciones sociales y políticas, también se ven afecta­das las ideologías que contribuyeron a conformar la Época Moderna.

La Época Moderna occidental fue una creación del espíritu revo­lucionario de izquierda, tanto en su expresión liberal como socialista. Mientras que el conservadurismo, básicamente de raíz católica, se constituyó en la fuerza defensora del ancien régime y en el enemigo mortal de la Modernidad. En 1980 comienza un nuevo giro histórico. Entonces ya se podía predecir el colapso del movimiento comunista internacional; se vivía el triunfo en EE.UU. e Inglaterra de Ronald Reagan y Margaret Thatcher; el socialismo europeo daba señales de agotamiento; el liberalismo dejaba de ser una fuerza revolucionaria, estableciendo alianzas con su enemigo secular, el conservadurismo; y éste, a su vez, concluía un largo periplo de dos siglos de sistemática oposición a las innovaciones modernas y, travestido de neoconservadurismo, asumía la defensa de la modernidad política, económica y científica, salvo algunas críticas más bien retóricas a ciertos valores culturales de la Modernidad.

En síntesis, el comunismo se colapsaba súbitamente, y el liberalis­mo, por su parte, aparecía en una situación altamente paradójica y con­tradictoria. Sin duda, es una ideología triunfante, pero, al transformar­se en una fuerza de derecha, ha perdido su elan de renovación y cambio. En los hechos, en Europa, ya no existen partidos políticos llamados liberales, y el liberalismo propiamente tal se ha reconvertido en neoliberalismo, expresión ideológica reducida sólo al ámbito económico. El socialismo, por su parte, en su variante europea, gobierna en casi todos los países de esa región, pero a través de una inspiración ajena a su tradición e historia. Si bien el liberalismo carece de partidos, al menos exhibe una ideología; en cambio, la socialdemocracia con­serva importantes estructuras partidarias, pero carece de una ideolo­gía fuerte. Por último, el pensamiento ideológico católico también atraviesa por una crisis, al estar abandonando los principios y valores que habían perdurado en el paso de la Época Medieval a la Moderna.

-Creo importante que usted diga "liberalismo propiamente tal". De ese modo precisa la manera concreta como se expresó el libera­lismo como ideología política moderna, con sus valores en pro de los derechos individuales, la separación de poderes y la democracia re­presentativa entre otros; digo que es importante, pues así como la expresión modernización se usa para cualquier cosa, también muchos se declaran "liberales" para referirse a una suerte de sentido común de la tolerancia -como si fuera la caracterización de un perfil psicológico abierto, es decir, lo usan como libertario-. Esto ocurre entre otras cosas porque el liberalismo político ya se instaló en la Historia, y, paradójicamente, por lo mismo ya está agotado, en el sentido de que sus valores se han hecho parte, como realidad o idealidad, del vivir occidental, pero carece -como es lógico- de respuesta a los nuevos desafíos.

-Más adelante profundizaremos en el agotamiento del liberalis­mo. En las últimas décadas hemos asistido al derrumbe de lo que Marx denominara superestructuras valóricas, ideológicas y políticas de las sociedades occidentales. Las categorías ideológicas de derecha e iz­quierda, en conflicto durante los dos últimos siglos, se han desperfilado hasta tal punto que muchos se preguntan si aún tiene validez este dis­tingo histórico. Los partidos políticos conservadores, liberales, so­cialistas, comunistas, socialdemócratas y demócratas cristianos, igual que sus ideologías, han ido desapareciendo o experimentado trans­formaciones que los tornan irreconocibles. Han ingresado al cemen­terio de la Historia las ideas anarquistas, fascistas, radicales. En fin, en este contexto, surge una pregunta crucial: ¿cómo explicar el evidente y grave desfase entre la estructura económica capitalista, aún dotada de enorme vitalidad, y el colapso de su moderna superestructura po­lítica, ideológica y valórica?

-El aparente funcionamiento exitoso del sistema económico está dañado en lo profundo, en tanto no es sustentable porque sus fuer­zas productivas y valores resultaron y resultan irremediablemente destructivos social, ambiental y culturalmente.

-Mi observación final apuntaba más que a la presunta vitali­dad del sistema capitalista, a replantear el viejo tema de Marx sobre la "determinación" de la superestructura por la estructura. Pero, a la inversa, compruebo el derrumbe de la superestructura de las socieda­des modernas, de sus instituciones, de sus valores morales, de sus com­portamientos éticos, de sus aparatos ideológicos, así como de sus ideo­logías y partidos políticos. Y en cambio no percibo igual colapso en la estructura económica del sistema. Por el contrario, veo un sistema en fuerte reestructuración, en veloz expansión, inventando potentes in­novaciones tecnológicas y autonomizándose de toda dirección políti­ca, mejor dicho, asumiendo el control y dirección de las sociedades occidentales, incluida la norteamericana.

-Es muy cierta la actual autonomización de la economía por sobre todas las otras dimensiones del vivir. Es un signo del cambio epocal en tanto expresa el agotamiento de la Época Moderna, la que ya sin otros ideales queda sólo con su descarnada cara economicista, con su sueño de productivismo. Los grandes economistas que crearon la Época Moderna, Smith, Ricardo, Marx, Keynes, eran pensadores integrales, orientados a toda la cultura, humanistas; pero hoy asistimos a una fetichización de la economía instrumental, a una "dictadura de los tecnócratas" -dicen algunos en forma más dura.

En Chile mismo, sin ir más lejos, todo se mide por ese rasero; hasta en el gobierno estamos viendo que las tensiones no se produ­cen sólo con sus opositores, sino que muchas veces son entre los téc­nicos de Hacienda y otras opciones que ponen el acento en lo social, en lo ambiental y cultural. Es un desafío recuperar una nueva mi­rada integral que asuma una nueva economía al servicio de la sustentabilidad de lo humano.

-Indudablemente, también está presente la otra cara de la meda­lla, la de la crisis global de las sociedades modernas, a la que te estás refiriendo. Pero, ¿cómo explicar el actual desfase entre estructura y superestructura? Una, la estructura, potente al menos en su expresión actual, y la otra en descomposición. ¿O tal vez Marx tenía razón? ¿Son las transformaciones ocurridas en el capitalismo y en su acelera­da globalización, la causa última de los cambios revolucionarios en las formas de vivir, pensar y comportarse en una significativa propor­ción de la población mundial?

 

 

LA ÉPOCA MODERNA NO FUE CONSTRUIDA POR UNA "VANGUARDIA" POLÍTICA CONSCIENTE

-Hemos hablado de cómo el espíritu moderno -racionalista y secular- se adueñó de los países de Europa occidental. Siempre me ha sorprendido que en un determinado tiempo y lugar se pro­duzcan hechos estelares con diferencia de sólo meses o años, lo que a escala histórica carece de importancia. Eso ocurrió en los inicios de la Época Moderna con sucesos que desde los más diver­sos dominios irían pautando la nueva mentalidad. Por ejemplo, en 1688 concluía la segunda parte de la revolución política inglesa; en 1687 aparecen los Principia de Newton, en los que se enuncia la ley de la gravitación universal; la Epístola Sobre la Tolerancia reli­giosa vio la luz en 1689; el mismo año se comienza a editar, en Leipzig, la primera revista científica de difusión internacional; en esos años nacían también las teorías de la democracia política mo­derna y del capitalismo industrial.

Entre 1680 y 1780, Siglo de las Luces, el mundo europeo echó las bases de la nueva civilización occidental y simultáneamente estalla­ron las tres mayores revoluciones de la era moderna: la política fran­cesa, la industrial inglesa y la independentista norteamericana. Y, ade­más, se desarrolla la revolución científica. Lo curioso fue que todo esto, destinado a trastornar de manera radical y definitiva el mundo occidental antiguo y más tarde a todas las civilizaciones existentes, no estuvo liderado por partido político alguno ni por una ideología pro­piamente tal. Éstos vendrían apareciendo recién en la segunda y ter­cera décadas del siglo XIX.

-No es tan curiosa esa ausencia de liderazgo de los partidos políticos en la construcción inicial de la Modernidad. Pues si éstos son formaciones orgánicas con ritos y procedimientos que procuran incidir en la Historia, y ésa es una mentalidad y un hecho típica­mente modernos, entonces es obvio que los partidos se configurarán en el devenir mismo del proceso histórico moderno y a la vez consolidarán la modernidad.

-Lo destacable para mis ex convicciones vanguardistas, fue la ca­rencia de una vanguardia política consciente.

-Claro que sorprende descubrirlo a quienes estamos acostum­brados a la conducción centralizada de las cosas.

-Mi primera hipótesis es que el mayor cambio histórico ocurrido en la humanidad, por lo menos en sus orígenes, no fue impulsado por ningún actor colectivo específico. La segunda es que de la ideología de la ilustración habrían de nacer las tres grandes tradiciones ideológico-políticas modernas, la liberal, la socialista y la conservadora (esta última como reacción a las dos anteriores). Y la tercera hipótesis es que la situación histórica actual guarda enorme similitud con lo que ocurrió en el siglo XVIII; hoy, pese a que nos encontramos en un perío­do de transición epocal, tampoco existen nuevas ideologías sistematizadas ni fuerzas sociales y políticas organizadas como ex­presión de las nuevas realidades históricas.

-Es cierto, hoy no hay nuevas ideologías sistematizadas, aun­que sí existe lo mismo que usted destaca en el siglo XVIII: la emer­gencia de hombres y mujeres con nuevas ideas, que están criticando la Modernidad occidental y de este modo, consciente o inconscien­temente, gestan el actual cambio histórico e incuban las nuevas ideo­logías de la Posmodernidad. En ese sentido, antes he hablado de que este siglo que se inicia podría ser como la "Ilustración" de la actual transición epocal.

-Resulta muy difícil ubicarse en el actual momento histórico, sobre todo porque aún están en curso los efectos de estos aconteci­mientos. ¿Cuál marcará la dirección de la humanidad? Insisto, las tres grandes revoluciones modernas ocurrieron sin la presencia de un pen­samiento ideológico sistematizado.

-Es importante lo que usted aprecia en las transiciones epocales. Reconocer que el hombre y la mujer que vivieron la transición a la Modernidad ignoraban que estaban en una transición y en­trando a una nueva época histórica nos sirve para entender que hoy ocurre lo mismo. Sin embargo, me parece, hoy existe mayor conciencia histórica: muchos pensadores están hablando del fin de una época y del inicio de una Posmodernidad (en realidad, como vimos antes, el prefijo pos es hoy de uso común en las cien­cias sociales). Y existe mayor conciencia porque tenemos memo­ria de lo que han sido otras transiciones y de esa manera es posi­ble la comparación y la analogía histórica.

-Además está influyendo la extraordinaria aceleración con que se amontonan los acontecimientos. Pero no dejo de asombrarme: ¡no hubo una dirección política homogénea y concertada durante el más potente de los movimientos históricos conocidos! Los más destaca­dos intelectuales de la ilustración no coincidían entre sí. Por ejemplo, Voltaire no simpatizaba mayormente con los enciclopedistas, a pesar de que formaba parte de ellos.

-Sólo el tiempo los unificaría bajo el manto de una misma con­cepción de mundo.

-Así fue. Voltaire discrepaba de las ideas de Rousseau y sin em­bargo hoy ambos parecen insertos en el mismo clima histórico. Ho­landeses, ingleses, franceses, alemanes e italianos de la época ilustra­da, creían en el progreso indefinido de las sociedades, en la perfectibilidad del ser humano, en el poder de la razón, en la capaci­dad de la ciencia para descubrir las verdades últimas. Durante tres siglos se preparó este momento estelar; fue un proceso histórico en gran medida espontáneo, carente de progenitores colectivos, sin suje­tos históricos concertados. Por ejemplo, la monarquía española era heredera fiel de una Iglesia Católica encerrada en sí misma y no refor­mada; aunque fue esa monarquía la primera que promovió los gran­des descubrimientos geográficos. Lutero no pretendía provocar un cisma en la poderosa y milenaria Iglesia Católica ni cargar con la res­ponsabilidad de la ruptura espiritual del cristianismo europeo; aún menos albergaba la intención de allegar aguas al aún desconocido molino de la civilización occidental moderna. Cromwell tampoco pensaba iniciar las revoluciones burguesas modernas. Luis XIV, el rey absolutista por antonomasia, estaba muy distante de querer fundar un Estado moderno. Pero se fueron conjugando decisiones e intereses individuales, procesos colectivos, descubrimientos, como si los hubiera guiado una "mano invisible". Marx, aunque con algún retra­so -1848- elaboró una teoría explicativa de este complejo fenóme­no. Según él, "el motor de la Historia" era "la lucha de clases" y en ese entonces habría sido la lucha entre nobles y burgueses la que habría constituido el hilo conductor del proceso histórico.

Hoy me resulta difícil aceptar, a la luz de las nuevas interpretacio­nes históricas, que en los siglos XV, XVI y XVII una clase burguesa aún débil e incipiente pudiera organizar el colosal y complejo proceso moderno. Resulta más creíble concebir estos fenómenos como inde­pendientes, respondiendo cada uno a razones concretas y específicas. Los motivos de Isabel la Católica para financiar la aventura de Colón, de Martín Lutero para promover su reforma religiosa, de Gutenberg para inventar su imprenta, de Luis XIV para someter a una aristo­cracia feudal, díscola y rebelde, son todas distintas a las que tuvie­ron Copérnico, Galileo y Newton para comenzar a explicarse la na­turaleza sin acudir a dogmas religiosos. Lo cierto es que la interacción y entrelazamiento de estos factores fue provocando un proceso de cambio y renovación y al mismo tiempo de rechazo a valores, instituciones y ordenamientos del milenio medieval cristiano. Este espíritu de cambio impulsó a artesanos, comerciantes y habitantes de burgos e incluso a algunos nobles propietarios de tierras a bus­car nuevos modos de producir, ajenos a la agricultura, en ruptura con el rígido sistema corporativo medieval. Estos pensamientos y acciones colectivas e individuales comenzaron a cobrar sentido y adquirir organicidad durante el siglo XVIII y con mayor fuerza en la segunda mitad del siglo XIX.

-Pero queda abierta la pregunta que hicieron Marx y otros fi­lósofos: ¿cuál o cuáles son las causas del devenir de la Historia? Usted dice que con "la interacción espontánea de esos sujetos apa­reció un espíritu de cambio". Queda implícito que un mismo "espí­ritu" los habría inspirado. ¿Pero cómo se gesta ese espíritu? ¿Por qué se produce tan sincrónicamente en Occidente y en distintos campos que inconscientemente hombres y mujeres hacen una Historia -parafraseando a Marx- sin saber que la hacen?

-Las mismas preguntas me formulo yo.

-Sólo podemos afirmar que la creatividad transformadora sur­ge en sujetos que actúan sincrónicamente, inspirados por una emer­gente concepción de mundo (nuevas ideas) que aparece como reac­ción ante presiones hacia la insustentabilidad que sufre en algún momento histórico una cultura específica o, como ocurre ahora, toda la especie humana. El actual cambio de época está deviniendo del mismo modo: hombres y mujeres de diversas partes del mundo y diferentes procedencias están, sin saberlo ni concertarse, empujan­do creadoramente la historia hacia nuevos deseos y conversaciones; están coinspirados por quién sabe qué.

 

 

LA VOCACIÓN UNIVERSALISTA DE LAS IDEOLOGÍAS MODERNAS

-El término ideología apareció a mediados del siglo XVIII. Para Marx, las ideologías constituían una falsa conciencia de la realidad, producto de los intereses de clase que las contaminan. Las ideas marxistas, en cambio, escaparían de la contaminación clasista, en tanto se originan en la observación científica de la realidad. Marx creía haber descubierto leyes históricas de similar precisión que las leyes físicas, de manera que su pensamiento no sería ideológico, sino constituiría una teoría científica de la sociedad. Hoy, valga decirlo, no coincido con la integridad de ese metarrelato.

-En rigor, Marx mismo estaba ideologizado al creer en el su­puesto carácter científico de su reflexión histórica. La propia ideo­logía moderna, que entonces iniciaba la mistificación de la ciencia, lo llevó a construir una "verdad científica" sobre la Historia, con­vencido de que la razón podía dar cuenta de una supuesta verdad objetiva.

-Así es. Por su parte, Bell también descalificaba las ideologías, pero ya no por la influencia de los intereses de clase, sino por la presencia de elementos míticos y pasionales. Bell también asume una posición ideologizada al profetizar el fin de las ideologías en plural, aunque sólo se refería a la marxista y apenas en un par de renglones declaraba caduca a la ideología liberal. Estaba inmerso en el mundo conceptual de la bipolaridad, de la guerra fría; aunque la definición que hace de su posición es más compleja: Bell se de­clara culturalmente conservador, políticamente liberal y económi­camente socialdemócrata.

-¿Cuántos dirigentes de la política chilena, provenientes de la izquierda moderna, se sentirían hoy identificados con esta caracte­rización que hace Bell de sí mismo?

-Junto a Bell, también en esos años, el pensador francés Raimond Aron había publicado su libro El Opio de los Intelectuales, una crítica mordaz y sin compasión de los que adherían a posiciones marxistas. Para ambos autores, la característica central de una ideología es su poderosa carga emocional capaz de despertar y movilizar enormes masas humanas. Desde entonces la ideología ha venido siendo demonizada por el pensamiento de derecha: el "imperdonable pecado de la ideologización" sería sólo un vicio de la izquierda. Sus argumentaciones, en cambio, se basarían en informaciones objetivas, cien­tíficas y técnicas. En estricta verdad, el pensamiento de derecha, al defender el status quo, esto es la conservación del orden establecido, no necesita de mayores elaboraciones intelectuales ni ideológicas para justificar su posición.

-La crítica que Bell y Aron, entre otros, hicieron al marxismo, sin duda que era ideologizada y resultante del contexto bipolar. Como usted recién lo recordó, soslayaba una consecuente crítica al liberalismo. Sin embargo, también en los años sesenta se desarrolló una crítica reflexiva, no conservadora, entre los nuevos filósofos franceses -Baudrillard, Lyotard, Deleuze, Foucault, etcétera- quie­nes anunciaron el fin de las ideologías a la manera moderna, desconstruyendo algunos de sus supuestos: el sujeto-individuo en separatividad y la razón instrumental moderna.

Al mismo tiempo, pensadores provenientes de tradiciones espiri­tuales y de las ciencias, que tampoco son conservadores, han cues­tionado a todas las ideologías modernas por su universalismo y el carácter totalizante de la razón instrumental que quiso diseñar la realidad a su imagen y semejanza. Lo que quiero destacar es que esa crítica a las ideologías modernas fue una ruptura de la tradición reflexiva del Occidente e implica, en consecuencia, una dimensión más del inicio de un cambio de concepción de mundo.

-Sólo en parte considero justa tu crítica a la Modernidad atribu­yéndole una presunta "vocación totalitaria por sentirse superior" y por sus pretensiones "universalistas". Ignoro cuál puede ser la cultu­ra o civilización que puede arrojar la primera piedra en estas materias. Más bien me inclino por buscar en las interpretaciones de Freud el origen de la violencia y de los complejos de superioridad en la natura­leza humana. Además, ¿se puede responsabilizar a las ideologías mo­dernas por sus excesos o bien a los representantes y ejecutores de estas ideas? "Libertad, libertad, cuántos crímenes se han cometido en tu nombre", exclamaba Danton. La historia del cristianismo, sin ir más lejos, se encuentra gravemente salpicada por actos criminales, por la presencia de papas corruptos y viciosos, por siglos de quemas inquisitoriales y sangrientas cruzadas, por la terrible "evangelización" de América. ¿Pero podríamos culpar o responsabilizar a Cristo de estos hechos inicuos y lamentables?

La Modernidad tiene muchas caras, e innumerables fuerzas socia­les, políticas y culturales han tenido una participación decisiva en el curso de su historia. ¿Cuál de ellas expresó cabalmente los grandes ideales modernos? ¿Cuál distorsionó o tergiversó esos ideales? ¿La creencia en una raza superior, en cuyo nombre se realizaran tan ho­rrendos crímenes y genocidios, fue acaso una creencia moderna? La respuesta, en mi opinión, es al menos dubitativa.

- Ya vimos que una de las más notables tesis históricas actuales es la que reconoce una común matriz moderna tanto en el comunis­mo como en el nacionalsocialismo...

-La ciencia moderna jamás ha aceptado la idea de razas, ni mu­cho menos de razas superiores. Las fuerzas políticas y culturales de inspiración socialista y de izquierda en Europa fueron de indudable raíz moderna y sin embargo jamás estuvieron poseídas por obsesio­nes racistas ni totalitarias. Por otra parte, ¿cuál podría ser la responsa­bilidad de Marx en la interpretación que hiciera Lenin y Stalin de sus teorías y concepciones?

Creo que debe establecerse una distinción entre una ideología y sus posibles derivaciones patológicas. La implementación práctica de las tres grandes tradiciones político-ideológicas modernas menciona­das anteriormente (conservadora, liberal, socialista) en ciertas circuns­tancias históricas han caído en graves deformaciones. Se ideologiza una concepción política cuando sus afirmaciones son absolutizadas; cuando su visión pasa a dividirse dicotómicamente entre amigos y enemigos; cuando desaparece el diálogo y el consenso y domina la idea del "todo o nada". Los portadores de ideas marxistas, sin duda, en más de una ocasión hemos caído en ideologismos extremos: voluntarismos, dogmatismos, doctrinarismos y principismos.

Hoy, por ejemplo, el neoliberalismo está cayendo también en una ideologización extrema al absolutizar las bondades del mercado, al proclamar la desregularización y desprotección de las economías, cua­lesquiera sea el estado de desarrollo de un país, al no considerar los desastrosos efectos provocados por una globalización anárquica y en reiteradas crisis, al reducir el complejo entramado de una sociedad al sólo factor económico.

Las ideologías nacionalistas también han caído en aberraciones demenciales: racismo, xenofobia, "limpieza étnica", "pureza de la san­gre", exterminio de judíos y discriminación de negros, son sólo algu­nos de los extremismos ideologizados en que han caído y caen las fuerzas de derecha, principalmente conservadoras de matriz naciona­lista y católica. Pero de todos estos perversos maximalismos o extre­mismos no se puede culpar exclusivamente a las ideologías modernas, ni menos atribuir a la Época Moderna una "vocación totalitaria".

- Todas las ideologías modernas han caído en excesos por tener un vicio de origen: el convencimiento de que quienes portaban la razón instrumental (el poder expansivo de la técnica) eran fruto de una historia superior. Hay una frase sorprendente de uno de los gran­des revolucionarios modernos: "el hombre será libre cuando col­guemos al último cura con las tripas del último rey". Esa racionalidad buscaba la eliminación del otro: "porque a mí me asiste la verdad y tengo poder para aplicar la fuerza". Esa es entonces la matriz moderna hoy cuestionada por nuevos valores posmodernos que no postulan verdades ni objetivas ni absolutas, sino que el respeto a la diferencia y la provisoriedad de las verdades. Comparto de todas maneras con usted que ideologías va a haber siempre, el punto es que las nuevas, posmodernas, tienen que renunciar a esa matriz moderna, sean de izquierda o derecha.

-Veo ese "vicio de origen" al que te refieres en el "pecado origi­nal", en el asesinato de Abel por Caín. Desde entonces el hombre ha estado dominado por compulsiones violentas, por afanes expansionistas y hegemónicos. Recordemos lo que pasó con Edipo: mató a su padre y cometió incesto con su madre. No sólo la cultura moderna es portadora de un "vicio de origen".

Debemos considerar que ya un Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles, tres siglos antes de Cristo había emprendido la más exitosa y amplia guerra de conquistas, y que el Imperio romano, tanto bajo el paganismo como bajo el cristianismo, no había dejado de extender sus dominios. Que, en América, el Imperio azteca fue expandiéndose hasta llegar a someter a todas las demás tribus y culturas de Mesoamérica; y algo similar acontecería con el Imperio inca. En síntesis, no son sólo los "actores racionales modernos", como parece deducirse de tus palabras, quienes han venido asolando de violencia, muerte y exterminio al resto de los habitantes del planeta.

-Por favor no deduzca de mis palabras que niego la existencia de la violencia en la Historia. Claro que ésta ha existido. Yo asumo una crítica radical e histórica de la Época Moderna, aunque a la vez admiro y reivindico como una conquista humana de la época su cara potente -la solidaria y creativa- y creo profundamente que darle continuidad a esa cara será uno de los desafíos de una sociedad ya históricamente posmoderna.

-En cambio, yo no soy un crítico radical de la Modernidad. Ésta, no está de más repetirlo, tiene múltiples caras, unas positivas y otras negativas. Desde luego, contrariando tu afirmación acerca de su pre­sunta vocación totalizadora, pienso que ha sido la primera de las gran­des culturas que proclamó la libertad como valor estelar.

El totalitarismo de algunos sistemas de gobierno de la Época Contemporánea -nazismo o comunismo- son simples excrecencias de la Época Moderna. Toynbee, las catalogó de "herejías modernas". No existe, en mi parecer, una afirmación más revolucionaria que la que encabeza la Constitución norteamericana y está en los orígenes de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, cual es, "to­dos los hombres nacen libres e iguales en derechos y dignidad". Diría que esta afirmación inaugura y funda la Modernidad. Y si bien la pro­mesa de igualdad, bandera fundamental de la Revolución francesa, no se ha cumplido cabalmente, el sólo hecho de haberla colocado como uno de los más altos objetivos en el horizonte de las utopías humanas fue ya un logro inmenso.

Estos sorprendentes aportes al progresivo desenvolvimiento de la cultura humana constituyen, sin duda, una espada de doble filo, pero me pregunto: ¿debería el ser humano haber continuado viviendo en el primitivo estado de nómade, subsistiendo de la recolección de fru­tos y peces, para así evitar los graves peligros y riesgos que entrañaba usar de su razón y de su libertad?...

 

FIN DE LA FETICHIZACIÓN DEL CAMBIO POR EL CAMBIO Y DE LA ABSOLUTIZACIÓN

DE LA RAZÓN INSTRUMENTAL

-El paradigma social o la cosmovisión moderna unificó el pensa­miento y la acción en aras del dominio y el control. Por eso su misión ha sido transformar el mundo, construir la realidad a ima­gen y semejanza de una determinada razón humana. Esto es importante, pues no ha sido un rasgo de todas las culturas. Por ejemplo, los chinos, desde su ideología taoísta, pensaban que las cosas fluyen y los seres humanos no deben intervenir en ello. Vivían en la concepción de mundo de la no acción/intervención, lo que no implica no actuar, sino que actuar sincrónicamente con el fluir de las cosas.

La ideología moderna, en cambio, ha sido una compulsión a la acción y al cambio y de ahí el impacto que ha tenido su cultura en la transformación del mundo.

-No me cabe duda de que uno de los rasgos esenciales de la Mo­dernidad ha sido la búsqueda desenfrenada del cambio, la obsesión por lo nuevo. El hecho concreto es que ninguna otra civilización ha­bía producido cambios tan profundos y tan vertiginosos.

-Por la vorágine y brutalidad expansiva de esos cambios, una de las características esenciales del nuevo pensamiento posmoder­no tiene que ser su capacidad de conservar, de bajar el perfil a esa compulsión (y fetichización) del cambio por el cambio. En definitiva, equilibrar en la vida social el Cambio y la Conserva­ción (que son dos dinámicas inherentes al Universo y a todos los sistemas vivos).

Por otra parte, también el nuevo paradigma social (o la concep­ción de mundo) posmoderno se reconoce portador de ideas más li­vianas: éstas se asumen como provisorias, no tienen ese afán de ver­dad absoluta que tenían las ideologías modernas.

-Comparto gran parte de tu opinión, pero te recuerdo que las primeras ideologías en absolutizar sus verdades fueron las religiosas.

-Claro que el pensamiento religioso tradicional absolutizó su fe. Pero el pensamiento moderno absolutiza la razón y en su nom­bre comete hasta hoy crímenes horrendos. Por eso destaco que el nuevo pensamiento emergente no pretende absolutizar sus ideas: en ese sentido es más leve, menos denso.

-Desearía creer lo mismo.

-La ideología moderna, a través de Maquiavelo, afirmó que el "fin justifica los medios". Ese axioma político también es puesto en tela de juicio por el nuevo pensamiento sistémico (que distingue procesos) y que reconoce una correspondencia inevitable entre fines y medios: los medios que uno elige van a desencadenar necesaria­mente determinados fines.

-Es cierto, pero también me gustaría recordar que en el debate que se produjo en Europa a principios de siglo entre los líderes del socia­lismo, Bernstein rechazó la máxima de que "el fin justifica los medios", argumentando que son los medios correctos los que pueden conducir a un fin correcto. Tal vez eso explique que el socialismo democrático en la Historia moderna no participó de atrocidades y fanatismos.

-Esa indicación es muy relevante.

-Por eso antes que condenar las ideologías modernas, tiendo más bien a un cierto pesimismo acerca de la naturaleza del ser humano.

-En la Historia ha habido tantos tipos de cultura que me resul­ta difícil pensar en una naturaleza humana fija; no niego que haya un componente violento en nosotros y en la naturaleza; pero de ahí al pesimismo, hay un trecho; prefiero destacar la importancia que en la evolución de la especie y de la vida han tenido la cooperación y las emociones afectivas: sin el amor se desintegrarían los sistemas sociales, luego, no es una emoción trivial.

-Por eso doy mi opinión en términos dubitativos; no es un tema fácil de resolver.

 

 

CLAUSURA DE LA IDEA MODERNA DE REVOLUCIÓN

-En el contexto del bicentenario de la Revolución francesa -1989- hubo un debate interesantísimo acerca de la idea de Revolución. Ésta, como mecanismo de cambio social es una concepción moderna. Aun­que en la Historia existieron grandes rebeliones de esclavos y masivos levantamientos campesinos, nunca se realizaron con el explícito pro­pósito de cambiar la sociedad.

-Debe ser muy fuerte para usted darse cuenta de que la idea que animó a toda una época fue sólo eso, la idea de una época.

Ahora, las primeras revoluciones modernas, la inglesa y la francesa, en rigor fueron transformaciones orgánicas espontáneas, es decir, toda la reflexión sobre las revoluciones será ex post la Revolución Francesa. Pues la "vanguardia jacobina" no generó las condiciones ni trabajó previamente durante décadas para realizar la revolución francesa, sino más bien los Robespierre, los Danton, los Marat surgen como resultado de la revolución en sí. Pues, en rigor, la obsesión revolucionaria por evaluar las condiciones objetivas para generar condi­ciones subjetivas que hagan estallar revoluciones, será, en especial, fruto del moderno ethos marxista.

-No pienso que la "idea revolucionaria" habría concluido siendo sólo eso, una idea. Ella comenzó haciéndose carne en todos los pue­blos del occidente moderno y desde allí fue exportada al resto del mundo. Con razón Hobsbawm ha titulado una de sus magistrales obras históricas Las revoluciones burguesas, refiriéndose al período que va de 1789 a 1848 y que para él "supuso la mayor transformación en la historia humana, desde los remotos tiempos en que los hombres inventaron la agricultura, la metalurgia y la escritura". La idea revolucionaria nació en el período de maduración de la modernidad y es­tuvo profundamente vinculada al período de ascenso de la clase bur­guesa, hasta que Marx, a mediados del siglo pasado, la expropió, y Lenin, ya en el siglo XX, elaboró toda una amplísima teoría acerca de su preparación y realización por una vanguardia de revolucionarios profesionales. Todas las revoluciones modernas estaban insertas en el espíritu de cambio de esta época y, además, en la idea, nacida del racionalismo ilustrado, de que el hombre, usando su razón, podía y debía construir su propio destino.

-Obviamente que constato la vitalidad e importancia histórica de las revoluciones modernas. Para mí las ideas son actos, sobre todo si son ideas que hicieron los grandes logros de la época histórica moderna.

Lo que quería preguntar es si esa idea moderna de revolución, la búsqueda de una ejecución consciente de la racionalidad instrumen­tal en la Historia, que pretendía manipular y conducir las acciones sociales, está históricamente clausurada en el inicio de una nueva época histórica animada por sus propias nuevas ideas.

-En los países realmente modernos, en Europa y Estados Uni­dos, creo que está clausurada. Distinto es el caso de los países en pro­cesos de modernización, donde seguramente continuarán ocurriendo revoluciones de muy distinto signo.

-En mi opinión definitivamente hay que criticar en todo lugar la idea moderna de revolución, entendida como una vanguardia "racional e iluminada" que conduciría a los pueblos hacia el desig­nio de la "razón de esa vanguardia".

Sin embargo, en el actual cambio epocal vendrán otros momen­tos de ruptura orgánica, que tal vez no sean sólo sociales.

-Estamos ya cruzando por un momento de ruptura orgánica de las sociedades modernas, aunque éste no se exprese en revoluciones políticas o sociales violentas. Desde que la institución del Estado y su soberanía está siendo socavada, tanto por el proceso interno de uni­dad europea como por el externo de la globalización. A su vez, los principios fundantes de la Modernidad están siendo cuestionados o se hallan en completa revisión -razón, progreso, dominio de la natu­raleza-, y por último, los valores ético-morales tanto de origen cris­tiano como burgueses, están siendo barridos por las nuevas visiones, hábitos y costumbres; no cabe la menor duda de que nos encontra­mos en presencia de una fractura muy profunda y definitiva de las sociedades modernas.

-De acuerdo; pero pienso en sucesos históricos más puntuales que apuraran esos procesos de larga duración que usted destaca: algunas catástrofes ambientales, tal vez explosiones de pobreza, de muerte por hambruna, nuevas oposiciones sociales, etc., todos mo­mentos de ruptura.

-Sin duda, pueden ocurrir estas otras rupturas aún más catastró­ficas que las sociales.

-Creo que las "revoluciones" -y uso la palabra por una suerte de inercia lingüística- del actual cambio epocal pueden sobrevenir por los accidentes tecnológicos globales de que nos alerta Virilo, por catástrofes ambientales y financieras, y todas éstas serían en alguna medida el equivalente de las rupturas revolucionarias que hubo en otras transiciones históricas. Ocurrirán ajenas a una acción cons­ciente de una vanguardia iluminada, y pre, durante y después de ellas se tendrán que desplegar nuevos conocimientos y sensibilida­des colectivas para reorganizar la vida social.

-Estoy de acuerdo. Aunque es necesario distinguir por lo menos tres tipos de cambios revolucionarios: el producido por mediación de una revolución política violenta; otro, el debido a procesos múltiples y complejos generados al interior de cada sociedad, como está siendo el actual caso de los países europeos; y, por último, el cambio prove­niente de situaciones ecológicas u otras cataclísmicas.

 

 

"VIVÍAMOS EN UN MUNDO IDEOLOGIZADO"

-Daniel Bell tenía razón cuando hace cincuenta años preveía se­rios resquebrajamientos en la entraña de los socialismos reales. León Trotsky ya lo había avizorado también, pero sus advertencias queda­ron opacadas por el estallido de la segunda guerra y su asesinato. Cuando Bell hizo su pronóstico, el panorama era diferente. Jruschov acababa de asumir los horrendos crímenes perpetrados en la era estaliniana. En el año 56 había estallado la rebelión húngara y antes se había producido la escisión con los comunistas yugoslavos y más tar­de vendría la disputa soviético/china. Esos quiebres tuvieron serias repercusiones en el mundo intelectual europeo y norteamericano. Algunos intelectuales europeos, Sartre, Brecht, Lukács, continuarían fieles al comunismo; en cambio otros, Orwell, Miloscz, Bell, Aron, abandonarían todo devaneo izquierdista y denunciarían los horrores cometidos por el comunismo. Célebre fue la polémica, entre Sartre y Camus, que concluyó con una ruptura personal e ideológica entre ambos. Camus terminaría afirmando que toda ideología era un autoengaño.

-Usted habla ahora con desapego de esos debates; pero cuando se efectuaron era un actor y dirigente del socialismo chileno. ¿Qué le ocurría entonces?

-A Chile, ayer como hoy, los grandes debates éticos, políticos, filosóficos y artísticos europeos y norteamericanos llegan con enor­me retardo y en forma sesgada y reducida (entre paréntesis, no deja de resultar extraño que en plena época de globalización la prensa monopólica chilena sea tan parca en sus informaciones sobre temas de interés mundial, lo cual agrava el aislamiento intelectual de Chile y la mentalidad notoriamente provinciana de algunos de sus sectores dirigentes). Respecto a tu interrogante: ni el partido socialista ni yo jamás fuimos partidarios de la experiencia soviética. En la primera disputa librada en el mundo comunista, entre el mariscal Tito y Stalin, el partido se ubicó del lado del líder yugoeslavo; en 1956 condenó sin reticencias la invasión de Hungría y en 1968 el aplastamiento de la "Primavera de Praga"; tampoco tomó partido en la grave división entre las dos grandes potencias comunistas de entonces: la URSS y China. En cambio, el partido comunista chileno sí apoyó decididamente a la Unión Soviética en todas estas deplorables coyunturas.

-Eso en lo político contingente; pero el debate crítico sobre las ideologías en general o aquella famosa expresión de Camus tras su ruptura con Sartre, no hacía mella en su sentido de autocrítica.

-Cuando en Chile se habló ocasionalmente del libro El fin de las ideologías, fue considerado -al igual que en Europa- una simple crítica ideologizada surgida en plena guerra fría en contra de la ideo­logía marxista, en ese entonces la ideología por antonomasia. La obra estaba inserta en la lucha de ideas de aquella época entre los marxistas y sus adversarios. Además, el tema aparecía muy confuso, porque bajo el pretexto de criticar a la Unión Soviética los dardos estaban dirigi­dos contra el marxismo, olvidando que la mayoría de las grandes fi­guras del pensamiento marxista europeo habían condenado la expe­riencia soviética por considerarla ajena a la doctrina marxista.

-En esa época la política y cualquier discusión eran sinónimo de mucho fanatismo o ideologización.

-Por cierto, vivíamos en un mundo absolutamente ideologizado. Para la izquierda, Bell era un intelectual de derecha, y bastaba aquello para invalidar lo que pudiera decir; defendía al llamado mundo impe­rialista, y eso lo descalificaba automáticamente.

-Con el objeto de explicar la ideologización y exitismo de los marxistas de entonces, hay que decir que no era tan disparatado su triunfalismo. Si uno miraba los hechos desde la perspectiva moder­na (si había o no crecimiento económico, progreso, dominio del hom­bre sobre las cosas), sin duda la Unión Soviética se modernizaba aceleradamente. Por eso, el argumento preferido era que Rusia re­cién en 1917 había empezado a construir el socialismo y en apenas cuarenta años, a pesar de las guerras, ya alcanzaba un enorme ni­vel de industrialización, anexaba otras nacionalidades para formar la Unión Soviética, incorporaba el coloso que era China al camino socialista y también a algunos países de Europa Oriental y de América Latina y de África, ganaba la carrera espacial. Esto seducía a los más lúcidos intelectuales; en fin, como para creerse el cuento "científico" que de los marxistas: el socialismo era una tendencia histórica imparable.

Claro que a la larga el socialismo real como ideología moderna colapsó junto con la triste realidad en que se convirtieron los sober­bios sueños de grandeza de su propia época histórica. En ese sentido el socialismo real se "Titanizó", parafraseando al accidente tecno­lógico del Titanic que a inicios del siglo pasado comenzó la erosión de los sueños de dominio de la Modernidad.

-Estoy totalmente de acuerdo. Pero los socialismos de inspira­ción marxista, tanto en Europa como en Asia, África o América latina no aprobaron ni comulgaron con el modelo soviético de "socialismo real". El debate al interior de la izquierda, entre socialistas y comu­nistas, se produjo precisamente a raíz del triunfo de la revolución bolchevique en 1917. Desde entonces socialistas y comunistas mar­charían por sendas diversas. Tanto el socialismo chileno como los par­tidos socialistas y socialdemócratas europeos no concordaron, desde sus inicios, con el régimen soviético ni con el tipo de "dictadura del proletariado" tal cual había sido concebida y aplicada por Lenin y Stalin en la URSS, ni tampoco con la simple "estatización" de las empresas públicas, ni menos con la privación absoluta de la libertad (sobre las diferencias entre socialismo y comunismo hablaremos en el último capítulo).

El mayor éxito del "socialismo real" fue haber convencido a un significativo sector de la opinión pública mundial de que el único so­cialismo posible era el realizado en la Unión Soviética y de que esa era, también, la única forma de realizar las auténticas concepciones de Marx y Engels. Las demás interpretaciones eran simples "desviacio­nes", violentamente condenadas por ser de origen "pequeño burgués".

Otra de las graves ideologizaciones nuestras fue concebir el mar­xismo como una "teoría científica" y que la lucha de clases era "el motor de la Historia" y la violencia su "partera".

-Eran ideologizaciones fruto de otras ideologizaciones. La con­cepción de mundo moderno suponía que el devenir de cualquier suceso, fuera social, psicológico o biológico, resultaba de la lucha y competencia. Darwin (y en especial sus epígonos) populariza la idea de que la competencia es el factor que determina la selección natu­ral. Hobbes habló de seres egoístas y violentos que luchan por espa­cios de sobrevida. Marx concebía la sociedad como un espacio para la lucha de clases que dinamiza la Historia. Esas tres miradas pro­venían de otra de las matrices de la racionalidad moderna: la unilateralización de la lucha, de la competencia...

-La ideologización no era sólo un lastre del socialismo: ha sido un error reiterado en la Historia. No hace falta más que leer lo que se escucha hoy en todas partes: el integrismo neoliberal intenta conven­cer al mundo de que la globalización y el crecimiento económico sólo son factibles en la forma impulsada por las grandes empresas multi­nacionales norteamericanas.

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