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Portada arrow Biblioteca Socialista arrow Después de todo arrow DIÁLOGOS SOBRE LA MODERNIDAD Y EL ACTUAL CAMBIO DE ÉPOCA HISTÓRICA(1)

DIÁLOGOS SOBRE LA MODERNIDAD Y EL ACTUAL CAMBIO DE ÉPOCA HISTÓRICA(1) PDF Imprimir Correo
Escrito por Altamirano/Dinamarca   
02-07-2010 a las 12:22:32

primera parte

 

 

DIÁLOGOS SOBRE LA MODERNIDAD

Y EL ACTUAL CAMBIO DE ÉPOCA HISTÓRICA

1

 

1492: AÑO I DE LA HISTORIA UNIVERSAL, INICIO DE LA ÉPOCA MODERNA

 

 

CARLOS ALTAMIRANO: -Antes de entrar de lleno al tema que nos ocupa, una pequeña digresión: cuando se habla de la Época Moderna, todos entienden que se hace referencia a las sociedades de Europa occidental. Sólo ellas emprendieron este proceso de modernización hace quinientos años. Hoy, sin embargo, el vocablo moderno tiene un uso múltiple y trivial: economía moderna, sociedad moderna, país moderno, hombre moderno, vestimenta moderna... Lo moderno es­taría asociado a lo último, a lo reciente, a lo nuevo. Ha pasado a ser una palabra fetiche, de moda y de gran efecto publicitario. Se usa en todas las esferas del conocimiento humano: en filosofía, arte, política, economía, ciencias. En todas partes. Todos aspiran al título de mo­dernos. He leído artículos de intelectuales chinos, japoneses e hin­dúes que han debido hacer un gran esfuerzo por traducir "moderno" a su idioma. Por mi parte, sólo me circunscribiré a la comprensión histórica del fenómeno moderno.

La época moderna europea ha sido la madre de todas las moderni­dades. Todas las restantes han crecido a su sombra y bajo su inspira­ción. La onda expansiva del proceso de modernización, iniciada en 1492, no ha perdido energía ni vitalidad, aún cuando se halle en plena transformación o mutación. Su capacidad, simultáneamente creadora y destructora, ha ido demoliendo todas las viejas instituciones y crean­do un mundo completamente nuevo. Pero lo nuevo tampoco escapa a su implacable dialéctica y también le ha de llegar su hora de decaden­cia y muerte. La esencia del espíritu moderno radica en su racionalismo instrumental, como diría Max Weber, en la democratización de las estructuras sociales y políticas; en su modo de producir industrial; en los procesos de secularización de la sociedad y su consiguiente desacralización y desencantamiento; en la división del trabajo y en el tipo de acumulación capitalista. Sociedades modernas son, en conse­cuencia, las que han venido experimentando durante los últimos cinco siglos estos procesos tan profundamente asociados a esos conceptos y valores. En estos cinco siglos, la modernidad ha ido destruyendo los antiguos dioses, las instituciones monárquicas, sus clases nobiliarias, sus corporaciones artesanales. Y de aquí surge la famosa afirmación de Carlos Marx: "la época moderna es un inmenso sistema digestivo, un monstruoso metabolismo, que devora, que destruye". Por esto pode­mos hablar de "un antes y un después de la Época Moderna".

HERNÁN DINAMARCA: -Esa capacidad destructiva y construc­tiva, esa capacidad de acelerarse a sí misma alterando a la hu­manidad y a la naturaleza, se asocia con una idea fundamental y singular de la modernidad: la unilateralización del cambio por el cambio y la idea de progreso material para aumentar la capa­cidad de dominio.

Usted dice que la modernidad como conjunto de ideas fuerza tiene su epicentro en el mundo europeo occidental. Pero desde que se funda la época, en 1492, empieza su expansión geográfica y co­mienza también su globalización. La modernidad europea no se construye sola: se realiza en una interacción muy poderosa con América, con África, con Asia, siempre agrediendo a otras culturas, extrayéndoles valores materiales y culturales.

-Esta interacción, a la cual tú aludes, con el resto de las socieda­des y culturas mundiales, sin duda ha jugado un papel significativo en la conformación de la época moderna, pero en mi opinión ha sido el elemento endógeno, su extraordinaria vitalidad y capacidad innovadora y creativa, el factor determinante.

-Ambos, lo "endógeno y lo exógeno", son parte de un mismo proceso de lo moderno como época histórica y han sido codeterminantes en ese devenir que tiene al descubrimiento de América como hito simbólico fundador. ¿Hay además otras fechas o acontecimientos claves?

-Siete serían los acontecimientos fundantes en el itinerario del nacimiento y desarrollo de la época moderna. En 1453, la caída de Constantinopla a manos de los turcos otomanos; en 1470, el descu­brimiento y la divulgación de la imprenta; alrededor de 1500, el Re­nacimiento italiano; en 1517, las famosas 95 tesis estampadas por Lutero en la puerta de la Catedral de Wütenberg; entre 1644 y 1688, la revolución política y social inglesa, que abrió el camino al capitalis­mo industrial en Inglaterra; más tarde, vendría el Siglo de las Luces y en él ocurren las tres grandes revoluciones modernas: en 1776, la independentista norteamericana; en 1789, la política francesa y en 1780 la económica inglesa. Todos estos acontecimientos son simultánea­mente causa y efecto del proceso de modernización. Todos ellos son interdependientes.

Con todo, el principal pareciera el descubrimiento de América. En él se encuentran los orígenes del capitalismo industrial y el co­mienzo del fin de todas las otras civilizaciones aún subsistentes. Des­de esa fecha, antiguas culturas, como la azteca, inca, china, hindú o japonesa, u otras existentes en África, fueron bárbaramente inte­rrumpidas en su continuidad histórica. Si alguna subsiste hasta ahora, se encuentra definitivamente marcada por el atroz trauma producido por la ocupación de los ejércitos occidentales. El año 1492 establece el fin de las otras historias y el inicio de esta nueva y única historia, hoy de dimensión universal. Todos somos partí­cipes de una única dinámica. España y Portugal inician el llamado "Descubrimiento de América". Bajo la enseña de la cruz cristiana se puso término a civilizaciones y culturas que habían florecido en el centro y sur del continente. Y luego las otras potencias occidentales invaden y se apropian de India, África, Medio Oriente, bombardean China y Japón, y al hacerlo, fueron transformando radicalmente esas sociedades e incluso destruyendo algunas.

-Esa expansión no sólo fue en nombre de la cruz, sino también animada por la voracidad de riqueza.

-Efectivamente, una voracidad presente aún mucho antes de los inicios de la época moderna.

-Aunque su creciente presencia como un valor hegemónico y unilateral ha sido un rasgo propiamente moderno.

-El alma del conquistador estaba a no dudarlo dividida. Una par­te, tal vez menor, creía en los valores cristianos y la otra ansiaba po­der, gloria y riquezas. Los conquistadores, primero portugueses y españoles, más tarde franceses, belgas, ingleses y holandeses, nos tra­jeron el espíritu "evangelizador" y luego lo cambiaron por el "civili­zador". Según sus creencias, el occidente europeo era portador de una nueva y gran civilización y, en consecuencia, era su deber histórico difundirla por el resto del mundo. De aquí que 1492 importara una definitiva e irreversible ruptura en la historia universal. Recordemos sólo algunas cifras. En 1519 la población de México alcanzaba aproxi­madamente 25 millones de habitantes; en 1650, ciento treinta años después, estaba reducida a sólo 1 millón de habitantes. ¿Sería tal vez exageración hablar de genocidio? Ciertamente no todos murieron en guerras o en represiones, un gran número falleció por enfermedades traídas por los conquistadores europeos y otra cantidad, no menor, por la implacable explotación a la cual fueron sometidos. Además, el conquistador español y portugués destruyó los templos e impidió el libre ejercicio de los ritos y ceremoniales de esas antiguas culturas. África, por su parte, fue víctima de la monstruosa práctica del tráfico de esclavos; se calcula en veinte millones los esclavos traídos desde África a América. De esa mezcla entre indígenas, negros y blancos nacería nuestra actual etnia mestiza. Durante la celebración del Quin­to Centenario del Descubrimiento de América vivía mi exilio en Eu­ropa y me tocó ser testigo de la pretensión del Vaticano de santificar a los Reyes Católicos, iniciándose de inmediato una fortísima oposi­ción. ¿Cómo se podía santificar a Isabel si bajo su reinado se había llevado a cabo la "evangelización" de América, con los resultados ya dichos, y expulsado a los moros y perseguido a los judíos?

-La valoración de estos acontecimientos fundadores y el de­curso de la época moderna son reflexiones y categorías concep­tuales puestas ex post, una interpretación posterior que hace el historiador...

-En realidad, la idea de que a partir de los años 1500 se inicia un proceso que cambiaría para siempre la historia del mundo sólo nace en el siglo XVIII. Durante tres siglos los habitantes de Europa habían vivido en lo que hoy todos conocemos por Época Moderna, pero ellos lo ignoraban. Fueron poetas y escritores franceses los primeros en intuirlo: Chateaubriand, Balzac y Baudelaire. En 1848, Marx y Engels, en el Manifiesto Comunista definen y describen el fenómeno del capitalismo industrial. Son los primeros pensadores en profundizar es­tos términos y realidades. Ya en el Manifiesto, Marx hace afirmacio­nes que convendría recordar por su enorme don profético. Escribía Marx: "la burguesía ha excluido las relaciones feudales, patriarcales e idílicas [...] ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entu­siasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta [...] ha provocado una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las con­diciones sociales, un movimiento y una inseguridad constante distin­guen la época burguesa de todas las anteriores [...] todas las relaciones sociales estancadas y enmohecidas con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas durante siglos, han quedado rotas [...] todo lo estamental y estancado se esfuma, todo lo sagrado es profana­do [...] con el constante progreso de los medios de comunicación la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta las más bárbaras".

Insisto, son clarividentes las descripciones hechas por Marx de un proceso que sólo conocía en sus inicios; resumen, con una extrema perfección, la colosal ruptura histórica producida por el advenimien­to de la modernidad; la destrucción del feudalismo, vale decir de toda una época histórica; del "sagrado éxtasis religioso", ahogado en "aguas heladas del cálculo egoísta", esto es, las milenarias creencias cristianas enterradas bajo el impulso del no muy religioso "afán de lucro"; la "incesante conmoción" en el campo social llevó a la virtual desapari­ción de las clases nobiliarias y de los estamentos corporativos; "todo lo sagrado es profanado", o sea, el antiguo mundo religioso transfor­mado en un vulgar mercado de compra y venta; y todas las naciones, hasta las más bárbaras, arrastradas por la vorágine moderna. Son és­tas, precisamente, las ideas que he querido expresar en un lenguaje, por cierto, bastante menos elocuente que el de Marx, para describir la exacta dimensión de la ruptura histórica producida entre la Edad Media y la Modernidad.

-Marx era un hombre típicamente moderno. Su afirmación de que en la modernidad "todo lo sólido se desvanece en el aire", ese reconocimiento de la revolución permanente, es su singular mirada de revolucionario y sin duda ha sido un rasgo funda­mental de esta época en su compulsión (unilateralización) por el cambio y el cambio. Pero, como siempre, hay que matizar; la época moderna no necesariamente rompe todo. Hay ruptura, y a la vez, y con posterioridad a esa atmósfera revolucionaria donde vive Marx, comienza un asentamiento de la modernidad en el poder, e instituciones históricas, milenarias, como la propia Iglesia, y otras, siguen con su vigor.

-"Lo sólido" a que se refiere Marx, en mi opinión, era la existen­cia de una sociedad altamente jerarquizada, con monarquías absolu­tas y clases aristocráticas, y una Iglesia pontificando sobre el bien y el mal... sin duda, ese mundo se desvaneció "en el aire". La idea de que se habría iniciado un asentamiento de la modernidad me merece se­rias dudas, porque hasta este minuto de nuestra conversación la mo­dernidad continúa deconstruyendo ahora sus propios valores y crea­ciones: el Estado, la nación, la familia...

Retornando a las profecías de Marx, te ruego prestar atención a lo siguiente: [la burguesía] "derrumba todas las murallas de China, y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extran­jeros, obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción". Todo esto pensado y dicho un siglo antes de que China emergiera como un actor importantísimo en el escenario histórico, como ya Marx preveía, con el derrumbe de la vie­ja sociedad china. Lo que fuera una simple metáfora hubo de trans­formarse en una gran verdad histórica...

-El modo neoliberal de producción, diríamos hoy.

-... lo cual, por lo demás, demuestra que todo continúa en un permanente cambio. La modernidad no sólo destruyó la antigua civi­lización feudal y cristiana, además ha ido devorando los valores y los sistemas sociales, políticos y culturales creados por ella misma. Susti­tuyó al campesino por el obrero fabril, pero ahora está reemplazando a éste por complejos aparatos tecnológicos; las viejas clases aristocrá­ticas y oligárquicas fueron desplazadas por las modernas clases bur­guesas industriales, pero hoy están emergiendo en su lugar sofisticadas tecnoburocracias de carácter transnacional. Marx participa de las prin­cipales ideas del Siglo de las Luces. Cree en el valor de la emancipa­ción, en la libertad y la autonomía humana; cree en la gran capacidad del capitalismo para aumentar las fuerzas productivas; cree en el pro­greso lineal e indefinido; cree en la omnipotencia de la razón y en las facultades del hombre para dominar y transformar la naturaleza y, como otros pensadores modernos, prescinde de la idea de Dios para explicar los fenómenos naturales. La única crítica que me permitiría formular a Marx y Engels sería no haber sido más consecuentes con su propio pensamiento, en orden a la espectacular capacidad que po­see el capitalismo industrial para ir transformándolo todo: valores morales, instituciones políticas, ideologías y tradiciones. Si hubie­ran llevado sus argumentos hasta las últimas consecuencias, habrían previsto la progresiva desaparición de la clase proletaria y, en conse­cuencia, no le habrían atribuido la potencialidad revolucionaria ima­ginada por Marx y Engels.

-El Manifiesto Comunista visto desde hoy fue un panegírico, una gran alabanza a la burguesía.

-Aun cuando los burgueses propiamente tales sólo vieron la cara antiburguesa de las geniales elaboraciones de Marx y Engels. Nadie, hasta ese momento, había tenido, como tuvo Marx, una percepción tan asombrosamente lúcida del cambio histórico en curso, de sus po­sibles causas, de sus enormes repercusiones. La aparición de esta con­ciencia acerca del cambio histórico, con tres siglos de retraso, nos in­dica la enorme dificultad que existe para percibir las transformaciones sociales y detectar cuáles son las fuerzas, las ideas y los procesos con potencialidad futura. Es tan grande el cúmulo de acontecimientos en los que uno vive inmerso, que prácticamente son muy pocas las men­tes con capacidad bastante para desentrañar lo que hay de específico en una idea, en un proceso, en un acontecimiento.

-Aunque hoy tenemos mayor conciencia histórica acumulada y podemos hacer analogías rápidamente. Nuestra memoria historiográfica nos permite reflexionar al instante sobre los procesos que se inician. Lo demostraría la cantidad de bibliografía que ha­bla de la sociedad "pos" para referirse al momento presente, ya sea posindustrial, posmoderna, poscapitalista.

-Claro que esa conciencia existe sólo en un nivel alto de pensa­miento filosófico, político y científico. Y me extraña mucho que sien­do tan fuertes las expresiones del cambio epocal, no haya mayor con­ciencia. Muchas veces se habla de los cambios casi de manera irreflexiva; por ejemplo, en el mundo político, cuando llega el momento de hacer un cambio profundo de organización, todos se niegan. En las discu­siones entre la gente de centro, de izquierda y de derecha, categorías políticas de la Época Moderna, no hay conciencia de este colosal cam­bio histórico. En el mundo socialista, sin ir más lejos, algunos todavía quieren reivindicar las "auténticas posiciones y planteamientos del socialismo". Ese tipo de personas no ha pensado este cambio. Igual ocurre en los gobiernos, que se oponen a tomar medidas. Es evidente que en cualquier concepción, asumir el cambio epocal es difícil.

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