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Portada arrow Socialistas arrow OSCAR SCHNAKE Y EUGENIO GONZÁLEZ: NO SOLO HISTORIA

OSCAR SCHNAKE Y EUGENIO GONZÁLEZ: NO SOLO HISTORIA PDF Imprimir Correo
Escrito por Raúl Ampuero   
08-03-2016 a las 01:36:00

Octubre de 1977

Se acaban de apagar en Santiago dos vidas notables en la historia de las luchas sociales y en la gestación del socialismo chileno: Oscar Schnake y Eugenio González. Aunque se tome por una exageración retórica o como un juicio dictado por el rencor, digamos que los mató la dictadura: eran dos hombres de profunda vocación libertaria, inhabilitados para sobrevivir en la atmósfera pestilente y enrarecida de la Junta Militar. Nacidos ambos en los comienzos del siglo, formaron parte de una generación, la de los años 20, casi legendaria, cuyo principal campo de acción fue la Universidad. Confluían en el horizonte cultural de ese tiempo los acontecimientos de la guerra reciente y de la revolución de octubre, las influencias en los sindicalistas de la IWW y la poderosa atracción de un movimiento obrero nacional de perfiles cada vez más vigorosos. Sus años no pudieron resistir el desolado espectáculo de un pueblo condenado a desenvolver su existencia bajo los signos de miedo y del hambre, mientras las fronteras de la política y de la cultura se estrechan hasta sofocar las más inocuas manifestaciones intelectuales.

La revolución del 4 de junio de 1932 volvió a encontrarlos juntos, como ministros de la Junta de Gobierno de la República Socialista que reconocía en el coronel Grove a su dirigente más significativo. Su sola presencia allí es una prueba de que esa tentativa escapaba a los moldes tradicionales del pronunciamiento militar y justifica el interés político e histórico del episodio, profundamente singular en sus características esenciales, si se considera el panorama continental en fecha ya tan lejana.

Menos de un año después de los "Doce Días" -exigua duración de la fase revolucionaria del movimiento- Schnake y González forman entre los fundadores del PS chileno; Schnake para desempeñar la Secretaría General y sumergirse en una incansable tarea organizativa, y González, más maestro que político, para aportar su lúcida contribución en los años sucesivos a esa concepción autónoma del marxismo, que caracterizó la personalidad del nuevo partido.

Bajo la dirección de Schnake, el PS comienza por proclamar su independencia frente a la II y a la III Internacionales, tomando definitivamente la distancia con respecto a la socialdemocracia europea. Simultáneamente busca un estilo organizativo y un tipo de disciplina desconocidos en la práctica de los llamados "partidos históricos". Al proselitismo clientelar, el caciquismo, a la mera lealtad electoral que tradicionalmente caracterizaban la relación entre los jefes y la masa, opone una concepción nueva, dinámica y limpia, en que el partido es más bien una fraternidad de luchadores: los dirigentes colocados a su cabeza por la voluntad democrática de la base deben ser acatados en la acción, sin vacilaciones ni regateos, como lo exige toda formación destinada al combate. Tampoco cabía en ese modelo el hermetismo conspirativo de inspiración bolchevique. Como instrumento del pueblo, como animador de sus luchas, como fruto legítimo de una conciencia de clase cada vez más madura, el partido debía hundir profundamente sus raíces en la fábrica y en la escuela, en las oficinas y en los fundos. Debía ser el Partido de los Trabajadores.

El desarrollo de la nueva agrupación en esos años se hace realmente arrollador, pero no es solamente su crecimiento cuantitativo el que cuenta. Los nuevos contingentes no llegan a enrolarse animados de una abnegación, una firmeza de convicciones y un espíritu de solidaridad que alcanza niveles notables en las actividades más diversas, desde la sacrificada asistencia a las víctimas de un terremoto hasta el enfrentamiento armado con las escuadras de asalto del movimiento nacional-socialista. Mientras tanto, en el interior del partido el debate ideológico se mantiene siempre abierto y los congresos son teatro habitual de apasionadas controversias. Se alcanza, sin embargo, un sensato equilibrio entre el ardor de las polémicas y un severo sentido de la autoridad factor indispensable en el estilo de un partido que busca en la acción cotidiana la comprobación de su vocación revolucionaria.

Desafortunadamente, la prematura participación en tareas de gobierno, durante el régimen de Frente Popular, interrumpe la maduración de tan original modelo organizativo, apenas ensayado en los años anteriores. Los impulsos innovadores se debilitan, un sentimiento de frustración se propaga en ¡as filas las disidencias envenenan la vida interna y se inicia una fase de degradación ideológica y de fragmentación orgánica. Casi una década después, en una suerte de refundación, el Partido Socialista Popular intenta alcanzar de nuevo esa ecuación ideal, asentada en la elaboración democrática de la línea común y en una compacta disciplina en el trabajo, pero tampoco esta vez la experiencia será muy larga.

De contornos más duraderos será la preferente importancia asignada al problema de la dominación imperialista. Ya desde la primera Declaración de Principios (1933) la lucha contra la dependencia extranjera pasa a ser un postulado esencial del partido, componente ineludible de su programa político y fundamento de una visión latinoamericana de la empresa. No es, por supuesto, que Schnake descubriera esta dimensión de la realidad chilena: mucho antes que él, habían subrayado el peso de la servidumbre imperial sobre las naciones del continente -desde Mella hasta Haya de la Torre- pero ninguno como él en esos años hizo más por sensibilizar a las masas populares frente a un fenómeno considerado, hasta entonces, adjetivo. Es otro factor que aleja al PS de la socialdemocracia y de sus diversas proyecciones en tierra americana, mientras conforma el original perfil de su diseño político.

Esta orientación, fundada más bien en la percepción pragmática de la dependencia que en un acucioso análisis teórico del imperialismo, se debilita a medida que se avecina la Segunda Gran Guerra, ante el imperativo de concentrar todas las energías en la derrota del fascismo. Con este objeto había nacido el Frente Popular en 1936 y en ese espíritu se había desarrollado hasta alcanzar la victoria del 38, lo que explica el efecto demoledor del pacto ruso-alemán en las relaciones de los partidos del Frente, y, muy particularmente, en las relaciones de los partidos socialista y comunista. Cuando Schnake, en un discurso pronunciado poco después (y, debemos añadir, sin ser previamente aprobado por la dirección del partido) señaló que este episodio ponía fin a la alianza, no hizo más que verificar un hecho ya irremediablemente consumado. En estas circunstancias tiene su origen, sin embargo, la persistente hostilidad del PC frente al hombre que acaba de morir. Schnake tampoco olvidó, y en cierto período de su vida estimuló actitudes anticomunistas que le ganaron muchos reproches en su partido.

Eugenio González, aun perteneciendo a una promoción muy vecina a la de Schnake, solo ocupa un lugar de primer plano en los años 1946-1956, como Secretario General y senador del Partido Socialista Popular.

Su huella, brillantemente señalada en el Programa de 1948, es la de un maestro, la de un teórico, la de un intelectual, aunque jamás rehusó la tarea humilde, en contacto fraterno con militantes y trabajadores.

Esquemáticamente, el programa toma una posición "tercerista" -que será paulatinamente corregida en los años siguientes- pero es, sobre todo, una valerosa tentativa de reforzar la imagen política y la identidad ideológica del Partido, en busca de una creadora aplicación del marxismo a los problemas chilenos. Puede encontrarse allí una precursora enunciación del "policentrismo" (que Togliati definirá después en su conocida entrevista a "Nuovi Argomenti") que contemporáneamente inspira la rebelión yugoslava contra la política de bloques y la noción del "partido guía". Con explicable vaguedad se formula también la tesis del "Frente de Trabajadores" en la medida que por vez primera se reconoce la incapacidad histórica de la burguesía "nacional" para llevar a cabo las tareas de la revolución democrática y la liberación del imperialismo, misión que los trabajadores y su partido de vanguardia deben acometer por cuenta propia, enlazándola orgánicamente con los objetivos socialistas, en un proceso dialéctico y continuo.

Se pone en discusión, por último, la corrección teórica y la utilidad política de la "dictadura del proletariado", entendida como postulado programático. En primer lugar, por las limitaciones conceptuales que opone -en las condiciones chilenas- a la participación de amplias masas de asalariados difícilmente clasificables en esa categoría, dada la compleja y desigual estructura de una economía en parte pre-capitalista y en parte dependiente. En seguida, porque la larga tradición democrática burguesa del país y el rol jugado históricamente por el movimiento popular en la conquista y ampliación de las libertades tradicionales daba a la postulación de una dictadura (independientemente de su signo) una connotación regresiva, si no reaccionaria. Por todo ello, restituyéndole su sentido político y socialmente positivo, se reemplaza la denominación de "dictadura del proletariado" (que para algunos de sus seguidores es solo una expresión técnica de Marx) por la postulación de una "democracia de trabajadores".

González fue en todo esto un inspirador principal. Su prosa fluida, desnuda de retórica y sin embargo elegante, le agregó al documento un valor formal muy raro en los escritos políticos.

Como tipos humanos, Schnake y González eran, ciertamente, muy diversos. Había incluso, entre ellos, contrastes paradojales. Descendiente de alemanes, el primero era dueño de un temperamento inconfundiblemente latino: apasionado, convincente y efectista como orador, poseía una rara capacidad para incitar a la acción a sus oyentes. Fue, por eso, mucho más que un tribuno excepcional: su palabra fue un milagroso instrumento de organización.

Eugenio González, en cambio, de pura sangre española, fue símbolo de mesura, de discreción. Era el equilibrio lo que atraía en sus discursos, no su agresividad. Una fina sensibilidad humana y un irrefrenable sentido del humor lo salvaron del enclaustramiento académico a que pudieron conducirlo su respeto casi religioso por las ideas y su inquietud intelectual. Por eso quiso compartir plenamente el drama del hombre contemporáneo, prisionero en una sociedad degradada, al mismo tiempo que un certero instinto, a veces burlón, a veces escéptico, le permitía descubrir las indigencias que se ocultan bajo la pedantería y la solemnidad.

Mucho de lo que estos dos hombres pensaron y realizaron, forma parte de nuestra herencia y -sabiéndolo o no- seguirá germinando en nuestro país esclavizado. Se ha dicho tantas veces y continúa siendo verdad: los viejos conductores nunca mueren del todo. Son semilla: se siembran.

 

 

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