spacer
spacer  

Partido Socialista de Chile
Biblioteca Clodomiro Almeyda

 
spacer
Portal
Portada
Salvador Allende
Estatutos del PS
Secretarios Generales
Presidentes del PS
Congresos del PS
Plenos del PS
CNO
Consejo General
Regionales del PS
PS en el exterior
Intelectuales del PS
Documentos
Unidad Popular
La Concertación
Búsqueda avanzada
Other Menu
Archivo Histórico
Salvador Allende
Clodomiro Almeyda
Adonis Sepúlveda
Julio César Jobet
Oscar Waiss
Manuel Dinamarca
Lautaro Videla Stefoni
Alejandro Witker
Alfonso Guerra
Luis Cruz Salas
Revista Núcleo
Consigna
Revista Rumbo
Diario Izquierda
Revista Arauco
Posición
La Aurora de Chile
Avión Rojo
Pensamiento Socialista
Orientación Socialista
Boletines Berlín
Plural
Unidad y Lucha
Convergencia
Centro Avance
Administración
Login Form
Usuario

Contraseña

Recordarme
Recordar contraseña
¿Aún sin cuenta? Crear una
Syndicate
 

ESTOY CONVENCIDA QUE EL TRIUNFO ES POSIBLE
Escrito por Isabel Allende   
08-01-2017 a las 10:56:35

ENCUENTRO PROGRAMÁTICO
PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE
Santiago, 7 Enero de 2017

Senadora Isabel Allende Bussi
Presidenta del Partido Socialista de Chile

Compañeras y compañeros,

Quiero saludar y valorar el trabajo que hoy iniciamos en conjunto con el Instituto Igualdad. Nada es más central en la acción política que la definición de las ideas que nos movilizarán en la fase que inicia el país, por lo que este esfuerzo se vuelve primordial para enfrentar este período.

Nos encontramos en el camino de adoptar definiciones políticas y electorales sumamente importantes para nuestro futuro como partido y como coalición. Si lo hacemos bien lograremos sintonizar con las mayorías y convertir estos cuatro años de Gobierno en un proceso para transformar Chile en un país de desarrollo inclusivo. Si no, ponemos en serio riesgo el sueño de una sociedad justa, llenando a Chile de quiebres y desencuentros, y retrocediendo en nuestro proceso transformador.

Para los socialistas el objetivo es claro: proyectar el proceso de cambios estructurales que iniciamos hace tres años con la Presidenta Michelle Bachelet. Y también son claras las herramientas para hacerlo: unidad de la centroizquierda en torno a una candidatura única, una lista parlamentaria y un programa común.

Hoy vivimos tiempos complejos para las ideas y los valores progresistas.

Ciertamente, no es un fenómeno privativo de Chile. Contrariando las encuestas y las expectativas, durante el último tiempo vimos cómo los británicos prefirieron abandonar Europa; cómo en Colombia la conquista de la paz sufrió un freno impensable en un plebiscito; y cómo trabajadores desesperanzados permitieron que un personaje como Donald Trump se convirtiera en Presidente de los Estados Unidos.

Europa y América Latina sufren hoy un fuerte retroceso de las posiciones progresistas, donde enfrentan los cuestionamientos de una derecha fortalecida y de populismos de diversos signos, que buscan superar o incluso sustituir a las orgánicas políticas actuales.

El deterioro de la fuerza convocante de nuestro proyecto a nivel global resulta de un malestar extendido por todos los países, tanto por las limitaciones de la democracia representativa, como por la incapacidad de nuestras organizaciones políticas de encarnar dicho proyecto.

Nuestra democracia, evidentemente, también enfrenta tensiones, cuyas raíces se encuentran en el proceso social y político vivido durante los últimos 25 años.

Chile se ha ido transformando profundamente durante este cuarto de siglo. Hemos avanzando en términos de derechos ciudadanos, en lo político, social y económico. Hoy, los chilenos vivimos mejor que en el pasado y hemos construido bases de desarrollo para seguir avanzado hacia un mejor futuro.

Hoy tenemos una nueva clase media más educada y más empoderada, que no sólo quiere acceder a los beneficios del desarrollo sino que quiere incidir, en los asuntos públicos que le afectan. Parte importante de esta clase media ha abandonado la pobreza durante estos años, pero teme volver a caer en ella, lo que nos habla de un nuevo tipo de vulnerabilidad.

Hasta ahora, hemos seguido una estrategia de desarrollo basada en la exportación de materias primas, que muestra sus limitaciones para constituirse en una verdadera plataforma de desarrollo para el largo plazo, diversificada en su matriz productiva y ambientalmente sustentable.

Asimismo, una persistente desigualdad sigue dividiendo a nuestra sociedad, donde la brecha entre los que más tienen en términos de recursos y de poder, y el resto de la sociedad, sigue siendo una muralla que nos impide avanzar hacia una sociedad más cohesionada.

Si bien la desigualdad de ingresos es estructuralmente más reconocible, no son menos relevantes las que se mantienen entre mujeres y hombres, con nuestros pueblo indígenas y también en términos etarios, especialmente respecto de sectores de niños vulnerados en sus derechos y adultos mayores, que no ven acompañada una vida más extensa con políticas que los protejan.

Tampoco lo es la desigualdad territorial, porque aún sigue siendo demasiado gravitante vivir en la capital o fuera de ella.

Por otro lado, hemos ido democratizando con mucho esfuerzo un sistema político que permite una gobernabilidad básica, pero que presenta problemas de representatividad con altos niveles de abstención, poca renovación en los liderazgos y con serias dificultades para poder procesar cambios estructurales, como lo hemos podido palpar crudamente en episodios como la gratuidad educativa

Nuestra democracia está siendo cuestionada en cada elección, donde crece la abstención, especialmente entre los jóvenes. Cualquier propuesta de futuro tiene que hacerse cargo, con mucha fuerza, de movilizar a quienes serán, precisamente, protagonistas de ese futuro.

Vivimos una política en crisis. Los partidos acumulamos evaluaciones negativas, al igual que otras instituciones y el mundo empresarial. Las malas prácticas, la colusión y la percepción de ser parte de una élite de privilegiados nos está pasando la cuenta

Nosotros mismos no estamos ajenos a los factores del descrédito: compartimos los graves problemas que enfrenta la política y los partidos por los episodios de violación a la ética de los últimos meses. Debemos desterrar de una buena vez el vínculo nefasto entre política y dinero; debemos recuperar la función pública como servicio a los ciudadanos y no como una fuente de privilegios.

No es posible debatir un programa de gobierno si no es en el marco de una discusión seria y profunda sobre las causas que hoy tiene la deslegitimación y desprestigio de la política en amplios sectores de la ciudadanía.

El impacto de este cuadro en la subjetividad social es enorme: nos encontramos con frustración por ver que el mejoramiento social no alcanza para todos; malestar y desconfianza en las instituciones y las élites, y una brecha creciente entre los proyectos de vida personal y los proyectos colectivos.

Nuestro gobierno y su programa de cambios ha buscado incidir en medio de esta realidad: las transformaciones que hemos impulsado apuntan a generar más igualdad y cohesión social, a educar más y mejor a nuestros compatriotas y a restituir la legitimidad de las instituciones.

Pero a pesar de la magnitud del esfuerzo, que ha significado altos costos y ha tenido claramente una resistencia permanente entre quienes se sienten cómodos con el statu quo, es necesario avanzar más. Por eso este encuentro es vital. Hay que poner igual acento en el qué hacer y en el cómo hacerlo, de manera de no poner en riesgo tanto los cambios como la adhesión a ellos.

No podemos olvidar que, de los últimos 27 años, nosotros hemos gobernado 23. Por tanto y hay que tener el coraje de reconocerlo, esto es en buena medida el resultado de lo que nosotros hemos hecho, con sus luces y sus sombras, aunque es justo también decir que nos hemos enfrentado con la trampa constitucional que ha impedido remover estructuras.

La pregunta que debemos enfrentar entonces es cómo respondemos al cuadro descrito. Cómo actuamos, desde los logros que hemos alcanzado, sobre las grietas que nuestras instituciones y la sociedad evidencian.

Ya lo declaramos en enero pasado, durante nuestro 30º Congreso General: debemos ser capaces de proponer respuestas eficaces para los desafíos emergentes, sin perder de vista la perspectiva de largo plazo que siempre debe impulsarnos. Por lo mismo, no se trata sólo de listar un conjunto de los temas para proponer medidas. Se trata de articular una visión programática global con las políticas que consideramos relevantes para el próximo periodo.

Naturalmente, será tarea de este grupo de compañeras y compañeros realizar las proposiciones que estimen, pero quisiera plantear algunas materias que me parecen ineludibles para los socialistas.

En primer lugar, considero básico persistir en la creación de un sistema de protección social que permita instalar los cimientos de un Estado Social de Derechos: educación, salud y pensiones como bienes universales que deben estar disponibles para todos los ciudadanos.

En educación, hemos iniciado las reformas en los fundamentos del sistema, que debiera propender al fortalecimiento la educación pública y crear las condiciones para asegurar efectivamente que una educación gratuita y de calidad esté al alcance de todos.

En esa misma dirección, debemos garantizar el acceso a salud oportuna, digna y financiada para todas las familias, lo cual supone enfrentar una transformación real del sistema de Isapres, entre otras cosas. La reforma de la salud debe ocupar, a mi juicio, un lugar central en cualquier programa de gobierno de la centroizquierda.

Junto con ello, la reforma del sistema de pensiones es inaplazable. La sociedad chilena exige cada vez con más fuerza resolver la encrucijada en que nos encontramos, con una sociedad que envejece aceleradamente sin que cuente con sistema seguridad social de verdad.

Un segundo gran capítulo de nuestro programa debiera enfocarse en perfilar una nueva estrategia de desarrollo. Un amplio y calificado grupo de socialistas -liderados por Clarisa Hardy y Álvaro Díaz- ha adelantado propuestas en este orden de cosas y considero que ellas deben nutrir el debate programático que estamos iniciando.

¿Cuáles debieran ser los ejes de esta estrategia?

Un primer punto a tener en cuenta es que una nueva estrategia de desarrollo requiere un enfoque integral que ponga en su centro al ser humano, porque estamos hablando de una idea de desarrollo que va más allá de la noción neoliberal centrada en el puro crecimiento, entendido sólo como aumento del producto.

Ello plantea desafíos de envergadura: debemos crear las capacidades que permitan diversificar nuestra matriz productiva hacia bienes de mayor valor y que incorporen grados superiores de conocimiento, acercando al país a la frontera tecnológica mundial.

Un componente fundamental de esta matriz deben ser políticas públicas de calidad, que sean la expresión de un Estado eficiente. No perdamos de vista que en el deterioro de lo público al que asistimos, las cosas mal hechas han jugado un papel no menor. Estos años han demostrado que nuestro Estado, a veces, no está a la altura de las transformaciones sociales a las que aspiramos. Su modernización es un medio esencial para lograrlas.

Al mismo tiempo, un modelo de desarrollo basado en el ser humano exige asegurar condiciones laborales justas, que se haga cargo las nuevas transformaciones del mundo del trabajo, con organizaciones sindicales fuertes que permitan equilibrar las actuales relaciones laborales, junto con un ejercicio empresarial responsable. Hablo derechamente de la necesidad de construir un nuevo pacto social entre trabajadores, empresarios y comunidades, que permita compartir los frutos del progreso entre todos y no concentrarlos sólo en algunos.

Caminar hacia esta nueva estrategia de desarrollo requiere con decisión y acciones concretas el desafío del cambio climático y, en ese marco, resolver el problema del agua en Chile. Nuestra propuesta sigue siendo la de garantizar la disponibilidad de agua como un derecho humano.

Nuestro objetivo es una nueva estrategia de desarrollo para no seguir dependiendo solamente del cobre, pero eso no significa no defender algo que está en el corazón y en la historia de los socialistas. Debemos defenderlo y ello debe expresarse tanto en la necesidad de fortalecer y capitalizar CODELCO como en poner fin a ese yugo que pesa sobre la principal empresa pública, derogando la ley reservada del cobre.

Un tercer componente programático tiene que ver con la calidad de nuestra política y de cómo nos hacemos cargo de las limitaciones que muestra la democracia representativa. El malestar de los ciudadanos radica en gran medida en la incapacidad del sistema político para procesar sus anhelos y para responder a sus expectativas. Una distancia que se ve incrementada cuando algunos de nuestros actores parecieran anteponer sus intereses individuales convertidos en privilegios, por sobre el interés general.

Por lo mismo, debemos tener la audacia de proponer diseños institucionales que permitan recuperar el sentido y significado de la política para quienes sólo disponen de su voz y su derecho a disentir. Pero no debemos quedarnos sólo en las instituciones, sino que debemos renovar profundamente nuestra propia práctica política a todo nivel, sea en las organizaciones políticas, en las instituciones representativas o en las organizaciones de la sociedad civil.

Recuperar la confianza nos exige ser inflexibles con la probidad. Quienes se sirven de la política y no sirven a quienes confiaron en ellos, no sólo le hacen un daño al Partido: se lo hacen al país entero.

Porque sin hechos las ideas son sólo consignas. La posibilidad de reconstruir la confianza entre ciudadanía y élites supone expresar en actos aquello que predicamos o prometemos.

El marco de la renovación de la política debe ser, definitivamente una nueva Constitución. Los socialistas no vamos a cejar en nuestro empeño por tener una carta fundamental elaborada y legitimada en democracia. La Constitución que tenemos entorpece y obstaculiza la construcción de una sociedad justa, por lo que cambiarla es una tarea vital. Los socialistas aprobamos en Congreso partidario promover la Asamblea Constituyente como el mecanismo más adecuado para ello.

Otra dimensión programática esencial tiene que ver con asegurar condiciones para poder implementar los proyectos de vida de cada ciudadano, en su autonomía, sus derechos, sus convicciones y orientaciones. En este ámbito me parece fundamental consagrar el matrimonio igualitario, despenalizar el aborto y avanzar hacia la eliminación de toda forma de violencia o discriminación hacia el otro, cualquiera que éste sea: mujer, indígena, adulto mayor, niño, migrante.

A propósito de esto último, como socialistas creemos que ha llegado la hora de contar con una política y una institucionalidad migratoria, con una legislación que no sea discriminatoria, moderna, responsable e inclusiva.

Otro tema que no podemos dejar de lado es la aspiración de miles de trabajadores y de sus familias por vivir en un entorno libre de delincuencia. Podremos elevar las condiciones de vida, podremos tener avances en el aseguramiento de derechos, pero ello perderá sentido si no somos capaces de ofrecer respuestas efectivas a quienes temen por su integridad, la de los suyos y por la protección de un patrimonio que es fruto de su esfuerzo. Pese a los avances en materia de persecución penal, la inseguridad sigue siendo otra muestra de desigualdad. Quienes más sufren de la inseguridad son quienes más deben sacrificarse para alimentar a sus familias. Vivir en un entorno seguro también es un derecho básico.

No puedo dejar de relevar la imperiosa necesidad de descentralizar el país. La dimensión territorial debe cruzar todos los ejes programáticos, pero también debe ser un área de política en sí misma: hasta ahora hemos logrado avanzar en descentralización administrativa, pero debemos completar la descentralización política con la elección de los gobernadores regionales. Aprobamos la reforma constitucional, debemos aprobar la ley que permita hacer la elección y debemos asegurarnos que este nuevo ejecutivo regional elegido, democráticamente, tenga las herramientas y los recursos para ser un gobierno regional de verdad.

Compañeras y compañeros,

No tengo dudas de que podría seguir aumentando el número de temas programáticos, pero tengo también conciencia de que debemos poner un límite razonable a esta elaboración.

Por lo mismo y aun cuando sé que muchos de ustedes han participado de procesos anteriores similares a éste, me parece que vale la pena recordar algunas cuestiones básicas para emprender esta tarea.

Dicho muy escuetamente, no podemos olvidar que un programa de gobierno es una herramienta para la acción y no un enunciado de deseos o solo puntos de vista ideológicos. Por lo mismo, debe trazarse una carta de navegación para fines realizables.

Sin perjuicio de enfocarse hacia el horizonte de una sociedad con justicia social y bienestar extendido, debemos precisar medidas concretas que permitan avanzar en esa dirección.

La responsabilidad política exige también identificar prioridades programáticas, definir cuál o cuáles serán los temas por los que nos jugaremos de manera principal, sabiendo que no todo se puede hacer al mismo tiempo.

Del mismo modo, en la construcción programática debemos estar muy atentos a oír a los ciudadanos, porque un programa se hace desde sociedad. Pero ciertamente, un programa tampoco es una lista de demandas, sino que es el resultado de la interacción y el procesamiento de la demanda social y de los principios socialistas a través de un juicio de eficacia política, que permita albergar la expectativa razonable de poder cumplir lo que se comprometa.

Compañeras y compañeros,

Este es el gran desafío que debemos asumir.

Es enorme, como también lo es la tarea de hacer del nuestro un país más desarrollado, cohesionado y equitativo.

Pero tenemos las ideas y los recursos políticos para abordar esta tarea. Y no debemos olvidar que el marco de trabajo debe ser siempre una visión global de sociedad y un horizonte que nos movilice.

Nuestro objetivo es construir una sociedad centrada en la idea de ciudadanía fundada en derechos, una sociedad donde garanticemos niveles de protección para alcanzar una existencia digna. Y los medios que hemos elegido para alcanzar ese propósito es la construcción de mayorías sociales y políticas que permitan avanzar en democracia.

La propuesta programática en que vamos a trabajar tiene grandes propósitos: primero, hacerse cargo efectivamente de lo que Chile nos demanda, a partir de algunos de los elementos que he señalado; segundo, estar al servicio de la unidad, por lo que ella debe tener presente la diversidad de nuestra coalición de centroizquierda; y tercero, ser una herramienta política para ganar las próximas elecciones.

Porque no hay mejor vehículo para materializar nuestros principios y nuestras ideas que el triunfo.

A diferencia de la derecha, que dispone de una amplia red de recursos materiales y simbólicos para intentar mantener sus privilegios, para la centroizquierda el gobierno es un medio fundamental del que dispone para llevar sus ideas desde el papel a la vida real.

Nuestros adversarios han sabido actuar en los últimos tiempos. A los errores nuestros se suman aciertos de la derecha para convertir en sentido común las críticas a nuestro gobierno y a nuestra coalición.

Sin embargo, nuestras ideas y valores siguen siendo mayoritarios en la sociedad chilena. De lo que se trata ahora es de tener la capacidad de convertir esa mayoría social y cultural en mayoría política.

No hay más camino que el de la unidad, con un candidato único, una lista parlamentaria unida y un programa común. Para ello lo que hoy comenzamos a dibujar es crucial.

Estoy convencida que el triunfo es posible.

“Desarrollo Inclusivo y Sostenible. Dimensiones Económicas y Sociopolíticas”
Escrito por Isabel Allende Bussi   
11-10-2016 a las 03:15:21

 

MESA REDONDA

"Desarrollo Inclusivo y Sostenible. Dimensiones Económicas y Sociopolíticas"

FUNDACIÓN FRIEDRICH EBERT
INSTITUTO IGUALDAD

SENADORA ISABEL ALLENDE B.
PRESIDENTA PARTIDO SOCIALISTA DE CHILE

Santiago, 6 de octubre de 2016

 

Agradezco a la Fundación Ebert y al Instituto Igualdad por esta convocatoria a debatir visiones e ideas acerca de cómo entendemos el país y de cómo ponemos en el centro de la reflexión y de la acción política al ser humano, en una perspectiva de justicia social, de igualdad y de libertad que serán siempre los valores inspiradores de los socialistas y de los progresistas.

Quisiera saludar a todos quienes hoy nos acompañan, amigas y amigos provenientes de espacios político-ideológicos que siendo diversos, comparten valores humanistas.

En este espacio de diálogo se simboliza lo que debiese ser el diálogo sobre un proyecto nacional, donde estemos todos convocados y nadie sobre.

Esta invitación la entiendo como una invitación abierta y plural, para intercambiar puntos de vista sin respuestas cerradas. Por lo mismo, nuestra disposición genuina es a escuchar y dialogar tal como la sociedad chilena demanda. No es tiempo de recetas sino de oír y construir en conjunto las respuestas.

Sin embargo, lo anterior no exime a quienes ejercemos roles de liderazgo de expresar nuestra visión de país, nuestras ideas y convicciones. Por eso quiero compartir con ustedes lo que nos parece son dilemas cruciales en nuestra sociedad, algunos de ellos contenidos en el documento "Hacia una Estrategia de Desarrollo Inclusivo y Sostenible" que ustedes conocen.

¿Cuál es el origen de este documento?

Con ocasión del último Congreso de los socialistas, solicité a un grupo de destacados militantes e independientes que iniciaran una reflexión estratégica sobre la sociedad chilena. Esa reflexión está recogida en este documento, en el que se formulan algunas preguntas y ensayan algunas respuestas, aunque claramente no constituye una visión programática acabada ni muchos menos un programa de gobierno.

El texto identifica dos grandes tensiones en el país, que surgen como limitaciones de nuestro modelo de desarrollo y que revelan grietas estructurales en nuestra sociedad y en nuestras instituciones. Grietas que si no somos capaces de abordarlas a tiempo, pueden generar una crisis de legitimidad con severas consecuencias para el país.

Me refiero, en primer lugar, a la persistente desigualdad que atraviesa todas las esferas de nuestra vida social: socioeconómica, de género, territorial. A pesar de los esfuerzos de los gobiernos progresistas por reducir estas enormes brechas y de los logros alcanzados en la reducción de la pobreza, tal como hemos visto con los datos de la encuesta CASEN del 2015 recién divulgada, la desigualdad se ha convertido en un escollo para la construcción de una sociedad cohesionada, donde los ciudadanos se sientan integrados y protegidos.

Parafraseando a ese gran humanista cristiano que fuera Jorge Ahumada, hoy no es "en vez de la miseria", sino "en vez de la desigualdad". No porque la pobreza haya desaparecido, y no porque no tengamos que seguir trabajando para eliminarla, sino porque la desigualdad también afecta a amplios sectores medios y termina por configurar sociedades con cimientos frágiles.

Quisiera agregar dos notas en este punto.

Primero, hay un discurso de la derecha, que insisten con majadería en que "hemos equivocado el diagnóstico" en este tema. Perdón, pero no somos nosotros quienes hemos hecho el diagnóstico sobre la desigualdad, sino que existe amplias coincidencias en la academia y en los organismos internacionales sobre lo que significa la desigualdad en nuestro país. Sería más honesto decir que no están de acuerdo con los instrumentos que usamos para enfrentarla -como la reforma educacional o la tributaria-, pero no pretender negar y ocultar esa realidad.

Segundo. Hay quienes han pretendido instalar un falso dilema entre optar por el crecimiento económico o luchar contra la pobreza y la desigualdad. Nada más falaz. El crecimiento económico es una condición necesaria pero insuficiente porque no basta para reducir la pobreza y menos aún la desigualdad. Los datos de la reciente CASEN demuestran efectivamente que, aun creciendo menos, la capacidad de nuestras políticas públicas ha permitido éxito en el avance contra la pobreza, pero lamentablemente no contra la desigualdad.
Habrá que perseverar en buscar una calidad de crecimiento que lo permita, asociado a un nuevo patrón de desarrollo. La derecha insiste que las políticas contra la desigualdad conspiran contra el crecimiento y que al decrecer también se empobrecen las personas. La evidencia muestra que no siempre el crecimiento ha logrado abordar estas grietas sociales y de allí el énfasis en una estrategia de desarrollo que articula nuevos desafíos productivos, sustentables, con empleos de calidad y protección social fundada en derechos.

Sin crecimiento no es posible financiar políticas sociales y sin mayor equidad no es posible hacer sostenible el crecimiento.

Si una primera tensión es la desigualdad, una segunda consiste en que el creciente protagonismo ciudadano y su exigencia de ser parte de las decisiones públicas, chocan con un sistema político profundamente dañado tanto por las malas prácticas que han sido denunciadas en los últimos dos años, como también por una lejanía de las instituciones respecto de los ciudadanos.

Hay aquí riesgos serios para nuestra salud democrática: por un lado, el peligro creciente del abstencionismo y, por otro, el de caer en las manos del populismo, donde la promesa fácil y sin sustento pretende reemplazar las propuestas sostenibles y de largo plazo.

Acompañan a estos fenómenos una sensación extendida de abusos, que van desde la colusión al "jubilazo" (las pensiones exorbitantes en Gendarmería).

Este cuadro de desigualdad, de distancia entre el sistema político y la ciudadanía, y de percepción de abuso, es una amenaza para nuestra convivencia social y debemos convertirlas en nuestro principal desafío.
No se trata sólo de una cuestión de justicia social o de ética política, que lo son, sino también de nuestra viabilidad como sociedad y su capacidad de constituirse en comunidad.

En el marco de lo anterior, surgen grandes interrogantes al momento de pensar nuestro futuro. Se trata, ciertamente de cómo, en el marco de un dialogo amplio como el que hoy tenemos, avanzamos conscientes de nuestras limitaciones como país de ingreso medio, con grandes brechas de productividad y con la carga fiscal que tenemos.

Nuestro modelo económico se basa esencialmente en la extracción de recursos naturales, y muestra hoy nuevamente serias limitaciones para alcanzar niveles de crecimiento sostenibles. El fin del superciclo de las materias primas nos ha golpeado fuertemente.

A lo anterior se añade un mercado del trabajo que mantiene niveles de precarización, bajos salarios, baja sindicalización y escasa negociación colectiva.
Además, nuestra economía chilena se caracteriza por niveles de muy alta concentración, por la presencia de monopolios o por la cartelización entre grupos económicos que utilizan ese poder para generar rentas sobre normales en un contexto de baja competencia y escasa transparencia.

Ciertamente una economía con estas limitaciones no está en condiciones de garantizar la universalización de la protección social.

A partir de esta realidad, ¿cómo se llega a un modelo económico inclusivo? ¿Cómo concebimos el rol de la inversión privada para generar crecimiento?  ¿Cuál debería ser el papel del Estado? ¿Qué hacemos con una economía de explotación de recursos naturales sin valor agregado y baja tecnología?

Tenemos que ser claros: para generar crecimiento se requiere la alianza público-privada. Nosotros no vamos a desarrollar el país solo a partir de la actividad del Estado. Es crucial el rol del sector privado. Evidentemente, necesitamos un Estado que no sea subsidiario, sino que ejerza liderazgo y sea un articulador global de la economía.

Un ejemplo que hace la diferencia es la política energética. Hoy tenemos una visión de la política energética para los próximos 50 años: más actores, mejor competitividad, más energías limpias, con un Estado que tiene voz, que diseña, que conduce. Ahí se comprende cómo un Estado puede ser gestor, promotor y conductor.
Por otro lado, ¿cómo llegamos a un verdadero sistema de protección social, hoy que quedan desnudas nuestras falencias, por ejemplo, con el debate acerca de las pensiones?

¿Cómo lo hacemos con un país de 18 millones de habitantes y, como ya decía, con el PIB que tenemos, con nuestra baja productividad y con la carga tributaria existente?

¿Qué sistema de protección social se puede construir cuando hemos sido incapaces de responder la atención de miles de niños vulnerados en sus derechos, como hemos visto con el SENAME, con un Estado que revela severas falencias en su capacidad de hacer las cosas bien?

Cuando se ve a los países que han logrado un mayor nivel de desarrollo y esquemas de protección social de primer orden, observamos que en el origen de su éxito hay un esfuerzo de distintos actores, de las comunidades y de las familias, de amplios acuerdos políticos y sociales, y un rol indelegable e insustituible del Estado.

Articular los roles del Estado, la sociedad y los privados requiere respuestas muy meditadas para nuestro país, donde se garanticen con solidez oportunidades de crecimiento a las pequeñas empresas y derechos a los consumidores.
Aquí quisiera enfatizar sobre la necesidad de tener un mejor Estado. Si queremos confiar en la capacidad estatal para ser un pilar del desarrollo inclusivo, esa capacidad debe estar a un mejor nivel del que conocemos, un Estado moderno, eficiente, competente.

Constatar esta realidad no significa sólo quedarse en el diagnóstico, la queja ni menos en el inmovilismo.

La batalla del socialismo contra la desigualdad es histórica y nuestra razón de ser. Nuestra función y nuestra actitud es precisamente superar la pura denuncia o el conformismo.

Desde el retorno de la democracia ha habido avances muy importantes. Si no hubiera sido por las políticas sociales no habría habido disminución de la pobreza; incluso cambios sustantivos para las mujeres respecto de sus niveles de exclusión, si bien todavía hay importantes brechas de género que superar. También ha permitido que los trabajadores tengan más y mejores derechos, aunque igualmente tenemos importantes deudas pendientes.

Reitero que constatar la realidad actual no se contradice con los avances alcanzados. En palabras de Norbert Lechner, en esta "conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado".

La política debe hacerse cargo de problemas como las nuevas formas de trabajo; de la gestión sustentable de ciudades que no sólo debe brindar habitación, sino una mejor calidad de vida con el diseño de un sistema de protección social que también incluya una política de cuidados para los mayores en una sociedad que envejece.

Asimismo hacerse cargo de la realidad de miles de jóvenes que no tienen dónde buscar trabajo, con una cesantía que duplica el desempleo general.

Imaginamos un país que es capaz de crecer diversificando su economía, incorporando tecnología y sin descuidar la responsabilidad con el futuro, en el marco de un entendimiento estratégico entre Estado y privados.
Un país que fortalece la idea de comunidad y de responsabilidad de los ciudadanos, tal como alguien dijo alguna vez: "me gusta pagar impuestos porque es el precio que pagamos por una sociedad civilizada"[1].

Como señala el texto que nos convoca: "Si el potencial de desarrollo en Chile es fruto del esfuerzo colectivo de trabajadores, empleadores, sociedad civil y de un Estado emprendedor muy activo, sus resultados no pueden ser apropiados por algunos o ser desigualmente distribuidos según su poder y fuerza relativa.

No es factible promover una nueva estrategia de desarrollo que tenga como meta la cohesión social y que haga de la sostenibilidad su fortaleza, sin convocar un pacto de todos los actores que intervienen en el desarrollo. Eso es lo que dota la viabilidad económica y política a dicha estrategia de desarrollo".

Esta transformación no sucederá de un día para otro, y requiere perseverancia.

Es imprescindible repolitizar la sociedad y enfrentar estos grandes desafíos con las herramientas de la política como son el debate y la deliberación colectiva.

Los que están en esa mesa representan a sectores políticos que desde la tradición comunitaria, libertaria o socialista ha hecho una larga marcha. Los logros del progresismo en Chile no se explican sin el aporte de todas estas vertientes. Pero también de nuevos actores surgidos al calor de esta democracia que conquistamos en 1990. A todos nos cabe por igual la responsabilidad de pensar en el futuro. Por eso estamos reunidos esta mañana, para reflexionar sobre nuestra nación y su destino.

Muchas gracias nuevamente.                                                                           

[1] El juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos entre 1902 y 1932, Oliver Wendell Holmes.

JOSÉ CLODOMIRO ALMEYDA MEDINA
Escrito por Arrate/Rojas   
14-06-2010 a las 15:55:00

Académico, líder e intelectual orgánico socialista

Intensamente vivió Clodomiro Almeyda sus más de cincuenta años de actividad política. Su vida se identifica en gran parte  con la historia del Partido Socialista y de la izquierda chilena. Marxista estudioso y convencido, académico de primer nivel en las áreas de la sociología y la ciencia política y político activísimo, nació en Santiago el 11 de febrero de 1923 Se crió en Chillán, donde su familia poseía tierras. Su padre, Manuel Almeyda Arroyo, ingeniero civil y profesor de arquitectura en la U. de Chile y empresario y su madre, Delia Medina Fritis, de actividad "dueña de casa", tuvieron cinco hijos. Clodomiro contrae matrimonio en 1953 con Irma Cáceres Soudán, profesora y compañera de toda su vida, con quien tiene tres hijos.

Almeyda estudia en el Colegio Alemán de Santiago y luego ingresa a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile donde se titula de abogado en 1949. Allí forma parte de un grupo de estudiantes donde sobresalen Patricio y Andrés Aylwin, Carlos Altamirano y Felipe Herrera, entre otros,  que debaten intensamente su destino político. Unos se inclinarán en definitiva por la Falange Nacional y otros por el socialismo, al que Almeyda ya ha ingresado.Efectivamente, se incorpora en 1940 a la Brigada Universitaria Socialista (BUS) y en 1948 inicia su periplo como dirigente partidario incorporándose al Comité Central. En forma casi ininterrumpida ocupa hasta su muerte todas las jerarquías direccionales en el PS. Es el primer director de la revista política "Arauco" en 1960. En 1961 es electo diputado. Almeyda estará presente en todos los momentos, brillantes y grises, de la existencia del socialismo chileno.

Almeyda desarrolla una amplia experiencia de gobierno, primero en el período de Ibáñez , cuando ocupa las carteras de Trabajo y Minería, y luego en el de Salvador Allende, de quien es uno de los colaboradores más próximos en los ministerios de Relaciones Exteriores, de Defensa y de Interior. En esa etapa le corresponde, además, asumir la Vicepresidencia de la República con ocasión de los viajes del Presidente al exterior. Confieso, dice en un homenaje a Allende que escribe en 1983,

"que en más de una ocasión pensé que el innegable sentido de la realidad que percibía en Allende, por la vía del pragmatismo, podía conducirlo a posturas oportunistas, pero cuando [...] estuve en condiciones de vivir y ya no sólo de suponer su conducta política,. Pude también constatar y dar fe que Allende en todo momento actuó en función de su compromiso con el pueblo y el socialismo"

Enviado a prisión en la isla Dawson luego del golpe, cuando sale en libertad se exilia en México y luego en la RDA donde integra la dirección política del PS en el exterior. Su actividad en la denuncia de la dictadura y en la promoción de la solidaridad internacional con Chile y su pueblo es constante.

Hombre reflexivo y de gran vuelo teórico, Almeyda está siempre presente en los debates partidarios y de la izquierda. Observa con interés y mentalidad abierta la evolución del socialismo a nivel mundial y sigue siempre de cerca las diversas experiencias, especialmente la  soviética, la china y la yugoslava. Luego del golpe militar Almeyda encamina su reflexión hacia la reconstitución de una izquierda teóricamente sólida, en torno a los postulados marxista leninistas y a una férrea unidad socialista comunista. Su visión del golpe militar y la derrota de la Unidad Popular no hace concesiones en sus críticas a su partido y a  la Unidad Popular. Se convierte entonces en un defensor y promotor de la unidad de la izquierda y, en sus inicios, en activo adversario de la "renovación socialista" . Ve en este proceso el peligro de una división de la izquierda. Almeyda no trepida en reconocer en el propio PS un rasgo que pudo ser, más de una vez, un obstáculo para el logro de la unidad de las "fuerzas populares":

"Empresa ésta que no fue fácil, pues el Partido Socialista nació con una fuerte vocación hegemónica, que lo hacía proclive al aislacionismo y era fuente de un notorio chauvinismo partidario que dificultaba la inserción unitaria en el seno de la izquierda"

Los debates sobre estas materias y sobre el futuro del socialismo chileno conducen a la seria división de 1979 que separa a Clodomiro Almeyda de Carlos Altamirano, más allá de la amistad que siempre los había unido. Se inicia entonces un largo período de diez años en que existirán dos PS.

En 1987 Almeyda ingresa clandestino a Chile y es apresado por la dictadura. Es relegado y condenado a 541 días de cárcel y a 10 años de pérdida de derechos ciudadanos y queda excluido por disposición constitucional de la docencia y el periodismo. Recupera la libertad y la plenitud de su ciudadanía  luego del plebiscito de 1988. En el período siguiente, conduce a su partido a la plena integración a la Concertación de Partidos por la Democracia, distanciándose del Partido Comunista.

En 1989 Almeyda acuerda con Jorge Arrate la unificación de las dos orgánicas socialistas, conocidas como "PS-Almeyda" y "PS-Arrate", y asume la presidencia del PS unificado hasta el Congreso de Unidad celebrado al año siguiente. Participa activamente en la formación del primer gobierno democrático presidido por Patricio Aylwin y en 1991 acepta ser embajador en la Unión Soviética. En esa función Almeyda, en un acto de lealtad y reciprocidad, acoge la solicitud de asilo político que le hiciera el ex Jefe de Estado de la RDA, Erich Honecker, luego de la caída del muro de Berlín. Esta decisión suscita polémica, el gobierno chileno no la avala y Almeyda presenta su renuncia, reincorporándose a las tareas partidarias en Chile hasta el día de su muerte.

Ejerce la docencia en la Universidad de Chile, donde dirige en dos ocasiones la Escuela de Sociología. Escribe textos teóricos, una gran cantidad de textos políticos, muchos de ellos recogidos en antologías, y publica un libro autobiográfico con reflexiones políticas retrospectivas. Contribuye en la universidad a la formación de generaciones de sociólogos y en el PS hace admirar su estilo sencillo, sin rebuscamientos, lleno de humor, pero a la vez estricto y definido, tenaz y firme en la defensa de sus ideas.

Muere el 25 de agosto de 1997, ante la congoja de sus compañeros.

<< Inicio < Anterior 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Siguiente > Fin >>

spacer
Secciones
A los orígenes
Puerto Natales
República Socialista
Fundación del PS
Historia del PS
Prensa Socialista
Frente Popular
Dirección Interior
PS - CNR
Sec. Exterior
La División del PS
PS Almeyda
PS Renovación
PS24 Congreso
PS Histórico
PS Unitario
PS S.Allende
USOPO
Socialistas
Militantes
Chile-América
Informe Mensual
Revista Avances
Poder Popular
Revista Ceren
Chile Hoy
En línea
Tiene 74 invitados en línea

 

Mambo is Free Software released under the GNU/GPL License. Install Mambo web hosting
spacer